
Javier Milei ha vuelto a Davos, pero no lo ha hecho como el "outsider" que sorprendió al mundo en 2024, sino como un líder con resultados que exhibir y una doctrina que ratificar. En un discurso que buscó conjugar la épica libertaria con el balance de su gestión, el presidente argentino lanzó un mensaje contundente a las élites globales: el experimento argentino ha funcionado y es hora de que Occidente recupere sus raíces.
La idea central de su alocución, resumida en la sentencia "Maquiavelo ha muerto", marca un punto de inflexión retórico. Milei sostiene que el utilitarismo político —ese que justifica cualquier medio para mantener el poder— debe ser enterrado en favor de una ética basada en el derecho natural: vida, libertad y propiedad. Para el mandatario, el éxito de su administración no es una cuestión de astucia política, sino de coherencia moral y respeto irrestricto al proyecto de vida del prójimo.
El balance presentado fue ambicioso. Milei aseguró haber ejecutado 13.500 reformas estructurales, un proceso que bautizó bajo el lema "Make Argentina Great Again", en clara sintonía con su aliado Donald Trump. Entre los hitos destacados, resaltó la reducción de la inflación —que según sus datos pasó del 300% al 30%— y una caída drástica de la pobreza del 57% al 27%. Aunque estas cifras son objeto de intenso debate técnico, el mensaje político es inequívoco: el ajuste fiscal de 15 puntos del PBI no fue una tragedia, sino el paso necesario para la sanación económica.
Milei también aprovechó el estrado para cargar contra el "wokismo", calificándolo como la versión más hipócrita del socialismo que ha infectado a Occidente. Frente a las visiones distópicas sobre la Inteligencia Artificial, el presidente se mostró optimista, rechazando las regulaciones preventivas y proponiendo, en cambio, adaptar el Código Civil para reconocer derechos y obligaciones a los robots.
En definitiva, la intervención de Milei en Davos 2026 buscó posicionar a Argentina como el "faro que volverá a encender a todo Occidente". Con un tono más moderado que en años anteriores, pero sin ceder un ápice en sus convicciones, el presidente argentino ha ratificado que su batalla no es solo económica, sino cultural y moral. La pregunta que queda en el aire de las montañas suizas es si el resto de las democracias occidentales estarán dispuestas a seguir la luz de ese faro o si preferirán seguir refugiadas en el confort de la intervención estatal.

