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La última locura anticapitalista: "Abolir la heterosexualidad como modo de producción"

Federico Zappino vincula la teoría de género con el materialismo para presentar la orientación sexual como una estructura de producción económica.

Federico Zappino vincula la teoría de género con el materialismo para presentar la orientación sexual como una estructura de producción económica.
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La teoría marxista clásica afirma que la historia se desarrolla movida por la lucha de clases, que provoca el paso de un modo de producción a otro cuando las contradicciones propias de éste llegan a un punto en que son insalvables. Partiendo de una concepción materialista del mundo y del hombre, según la cual la esencia humana se reduce a su capacidad de trabajo –por lo que se considera que éste se realiza como ser humano, precisamente, trabajando–, el marxismo sostiene además que el trabajo asalariado supone una forma de alienación –es decir, de ‘extrañamiento’ o enajenación– que se produce como consecuencia del supuesto despojamiento que sufre el proletario de su ser.

Así las cosas, Marx propugnaba el inevitable advenimiento del comunismo, un nuevo modo de producción en el que, tras una dictadura proletaria de carácter transitorio –en teoría–, se pondría fin a la sociedad basada en las clases sociales. Los hombres solo trabajarían para su realización personal y la explotación capitalista sería un mero recuerdo del pasado. Sin embargo, la revolución del proletariado no supuso la llegada de una sociedad ideal y desigual –algo imposible, por otra parte–, sino la muerte de millones de personas, ya sea por el yugo comunista o por el hambre generado gracias a un sistema económico basado en la planificación central, el robo y el terror.

Comunismo ‘queer’

Desde la publicación de El Capital, la tradición marxista ha ido evolucionando y desarrollándose, incorporando en muchas ocasiones las ideas de otros pensadores formados en esta misma corriente. Esto explica que hayan aparecido sucedáneos del marxismo que amplían la lucha de clases a otros ámbitos de la vida humana que consideran regidos por lo que Marx denominó "superestructura": a saber, el conjunto de ideas, instituciones y leyes que emanan de la base económica de la sociedad y que es legitimada por la élite burguesa mediante la ideología. De esta forma, la opresión que ejerce el capitalismo ya no se expresaría solo mediante categorías económicas.

Al respecto, la influencia del pensamiento posmoderno ha llevado a combinaciones tan extrañas como la que representa la unión entre marxismo y teoría ‘queer’ –aquella que propone que el género, el sexo y la sexualidad no son biológicos, sino constructos sociales que, además, pueden modificarse sustancialmente–. Esta idea es defendida, concretamente, en un libro recientemente editado por la editorial Manifest Llibres, y titulado Comunisme Queer (Federico Zappino), que está siendo publicitado con un vídeo en redes sociales en el que se preguntan por la posibilidad de que la sexualidad fuera una creación de la estructura económica capitalista.

"¿Y si la heterosexualidad no fuese solo una orientación sexual sino también una estructura económica? ¿Y si fuese un modo de producción social tan central como el trabajo asalariado y la propiedad privada?", aseveran en el vídeo de la editorial, desde donde explican que "este es el punto de partida del libro de Federico Zappino, donde el autor conecta la teoría 'queer' con una lectura materialista y marxista de la sociedad". Según explican desde la editorial, el autor "sostiene que la heterosexualidad funciona como un modo de producción social que en este caso no produce mercancías, sino que fabrica hombres y mujeres como categorías políticas y económicas desiguales".

De este modo, el autor explicaría en su libro que el capitalismo, "a partir de diferencias anatómicas mínimas, construye jerarquías estructurales, y es sobre esta producción de sujetos jerarquizados que el capitalismo se organiza y reproduce". De hecho, inciden en que "esto tiene una consecuencia política decisiva: según la tesis, la crítica 'queer' de la heterosexualidad no es identitaria ni accesoria, es una condición material para imaginar un futuro poscapitalista".

Al respecto, aclaran además que "si el comunismo clásico aspiraba a abolir la propiedad privada y el trabajo asalariado, el comunismo 'queer' aspira a ir una vez más allá: abolir la producción social del género como jerarquía, es decir, abolir la heterosexualidad como modo de producción". Solo de este modo, según el autor, "es posible una igualdad que no sea meramente formal, sino material, estructural y real".

Constructo y realidad

Ahora bien, lo cierto es que vincular marxismo y teoría 'queer', en realidad, resulta más problemático de lo que parece. De entrada, cabe considerar que la idea según la cual las categorías sexuales –o, en realidad, cualquier categoría– son meros constructos sociales es un punto de partida erróneo. Que existan constructos o convenciones sociales no implica que, detrás de los mismos, permanezca una esencia real del objeto o la categoría. En buena medida, en Nietzsche encontramos una primera expresión de posmodernismo cuando afirma que el bien y el mal, igual que la verdad y la mentira, no existen. Para el filósofo alemán, existe una contradicción entre aquello que tradicionalmente hemos considerado como vínculo entre el hombre y la realidad y aquello que de facto el ser humano es en proporción con el universo en su totalidad: que el hombre se ponga en un punto central del universo no sería más que un producto de una vanidad fruto de ser el único animal con una capacidad intelectiva superior.

Por tanto, siguiendo a Nietzsche, no sería posible pensar el conocimiento como una adecuación del sujeto para con la realidad, precisamente porque no existe esa supuesta correspondencia entre el objeto conocido, el sujeto que conoce y el concepto que emana de esa relación. De este modo, teniendo en cuenta que el hombre desea vivir de forma organizada socialmente y gregaria, sería necesario un pacto social que se tomaría por válido y radicaría en un acuerdo o convención con respecto a la forma de designar las cosas, de donde emanaría, por tanto, la idea de lo verdadero y lo falso. En consecuencia, la verdad y la mentira no dependerían de la constitución propia de las cosas, sino del consenso al que llegan los hombres.

Esta misma idea será tomada por autores como Foucault, que entrarán en diálogo directo con el marxismo y darán lugar a nuevas interpretaciones de la realidad, siempre con el esquema dialéctico como trasfondo. El problema es que ni la perspectiva constructivista es correcta ni los productos ideológicos son compatibles con el materialismo que fundamenta el marxismo.

Por un lado, resulta contradictorio afirmar que la verdad no existe y pretender que esta misma idea sea tomada como algo cierto. Pero, además, cabe incidir en que, a pesar de lo que puedan afirmar quienes sostienen estas tesis, las categorías no son arbitrarias: los nombres con los que designamos a los conceptos, en cuanto que nombres, pueden ser una convención, pero la realidad a la que hacen referencia existe en el mundo y tiene unas características propias que son percibidas por nuestro intelecto y, de acuerdo con ello, son categorizados.

La superestructura del capitalismo

Por otra parte, resulta que el materialismo que debería fundamentar toda teoría marxista no es del todo compatible con la perspectiva de la teoría 'queer'. Si las categorías sexuales son constructos sociales ajenos a la realidad biológica de las personas, estaríamos afirmando que la mente es capaz de definir la realidad: de este modo, cada individuo sería quien se definiría sexualmente de acuerdo a su autopercepción. Sin embargo, el propio Marx subraya en el prólogo de El Capital que su teoría surge de la inversión del sistema dialéctico hegeliano, por lo que las condiciones materiales pasarían a ser las que definirían la conciencia.

En cualquier caso, incluso si fuera coherente la teoría del comunismo 'queer', según la cual las categorías sexuales son producto de la ideología de la burguesía, que sustentaría la superestructura capitalista, no podríamos considerar seriamente la tesis expuesta por esta corriente de pensamiento. De fondo, en la teoría marxista de las clases sociales, se incorpora un polilogismo que asegura que la estructura lógica de la mente varía según las distintas clases sociales. Pero al respecto Mises argumenta en La Acción Humana que "los defensores del polilogismo, para ser consecuentes, deberían sostener que, si el sujeto es miembro de la clase, nación o raza correcta, las ideas que emita han de resultar invariablemente rectas y procedentes". Así, la conclusión propia de todo razonamiento basado en el polilogismo estaría desvirtuada por la clase social a la que pertenece el sujeto.

Pero, además, suponer que la superestructura dicta el pensamiento de los individuos implica un determinismo que supone negar la capacidad de discernimiento y la libertad de las personas. Si el hombre puede cambiar su mundo a voluntad no es porque sea esencialmente un ser capaz de trabajo, sino por poseer voluntad, que remite a la racionalidad y a la libertad. Lo cierto es que el ser humano trasciende al plano material, por lo que sus ideas y su comportamiento no se limitan a las condiciones materiales existentes.

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