
Hay una forma sencilla, casi cruel, de medir la suerte económica de una generación: calcular a qué ritmo ha crecido la renta per cápita del país desde que naciste hasta hoy. No importa si eres economista o no; ese número resume décadas de decisiones colectivas, ciclos económicos y transformaciones estructurales en una sola cifra.
Jon González lo ha resumido de forma demoledora en un gráfico que se ha hecho viral en X: quien nació en 1960 y se jubila ahora ha visto crecer el PIB per cápita español a un ritmo del 2,4% anual de media a lo largo de toda su vida. Quien nació en 2006 y acaba de cumplir 18 años ha vivido un crecimiento del 0,4%. La misma métrica, el mismo país, una brecha de dos puntos porcentuales entre generaciones.
Desigualdad generacional
Conviene detenerse en lo que significa esa diferencia. Un crecimiento del 2,4% anual sostenido durante 64 años multiplica la renta per cápita por más de cuatro. Un crecimiento del 0,4% durante ese mismo período apenas la incrementa un 20%. No es una cuestión de matices estadísticos: estamos hablando de mundos materiales completamente distintos.
Utilizando la base de datos macroeconómicos del Ministerio de Hacienda, que enlaza series de Contabilidad Nacional desde 1954, se puede replicar el ejercicio de González dando un paso más: descomponer ese crecimiento en sus dos factores fundamentales. El primero es la productividad laboral, medida como el PIB generado por cada ocupado. El segundo es el empleo relativo, es decir, la proporción de ocupados sobre la población total.
Esta descomposición no es un ejercicio técnico menor. Ambos componentes tienen naturalezas y dinámicas muy distintas. La productividad refleja la capacidad de una economía para generar más valor con los mismos recursos: depende de la inversión, la tecnología, el capital humano y el marco institucional. El empleo relativo, en cambio, recoge cuánta población trabaja, y está fuertemente influido por la demografía y los ciclos económicos.
Los resultados son reveladores. Para los nacidos en 1960, el crecimiento del PIB per cápita descansaba casi íntegramente sobre la productividad: 2,28 puntos porcentuales de los 2,37 totales. El empleo apenas aportaba 0,09 puntos. España crecía porque producía más y mejor por trabajador, impulsada por la industrialización tardía, la apertura económica de los años sesenta y la convergencia tecnológica con Europa.
Descenso productivo
Pero la productividad no ha parado de caer como factor explicativo. Para las generaciones nacidas en los años ochenta y noventa, el crecimiento del PIB per cápita se sostuvo crecientemente gracias al empleo: la incorporación masiva de la mujer al mercado de trabajo, la llegada de millones de inmigrantes y la expansión del sector de la construcción elevaron la tasa de ocupación, y el empleo pasó a ser el elemento que explicaba la mayor parte del crecimiento.
Para los nacidos en 2006, ese soporte también ha desaparecido, aunque es cierto que en los últimos años se ha recuperado gracias al impulso de la inmigración. El empleo ya no suma: resta, con una contribución de -0,28 puntos porcentuales, consecuencia directa del lastre acumulado por la Gran Recesión y las dos grandes crisis de este siglo. Y la productividad, aunque positiva, apenas alcanza para sostener un crecimiento total del 0,36%.
Lo que muestra esta descomposición es, en el fondo, una historia de agotamiento estructural. España agotó primero su margen de convergencia tecnológica. Luego utilizó el empleo como sustituto. Cuando el empleo también se desplomó con las sucesivas crisis, no quedó nada que amortiguara la caída. Las nuevas generaciones han heredado una economía que crece poco y que ha perdido los mecanismos que en el pasado compensaban esa debilidad. El dato de González no es solo una curiosidad estadística. Es el retrato más honesto disponible de lo que ha ocurrido con el bienestar material en España durante las últimas décadas. Y la descomposición añade el diagnóstico: el problema no es coyuntural, sino estructural, y tiene nombre propio. Se llama productividad.


