
Observar la cotización de los mercados, tanto de renta variable como de materias primas estos días se ha convertido en un ejercicio casi constante. Se suele decir que siempre descuentan lo que va a pasar y que cuando pasa el efecto es neutro. Así, cuando los mercados estaban descontando que la crisis en Oriente Medio podría enquistarse dispararon el precio del petróleo que llegó a superar los 120 dólares y hundió las bolsas el pasado martes. Sin embargo, cuando Donald Trump compareció para decir que al conflicto le quedaba muy poco para terminar, los mercados se calmaron. Se relajaron, volviendo a los números verdes en los grandes índices internacionales y el petróleo regresando al entorno de los 80 dólares.
Sin embargo, el anuncio de la Agencia Internacional de la Energía de que había alcanzado un acuerdo para liberar la mayor reserva de petróleo de la historia con 400 millones de barriles no ha surtido el efecto que muchos podrían esperar. El petróleo Brent sube casi un 5% a la hora de redactar esta noticia hasta superar los 96 dólares. El Texas supera ya los 90. Aproximadamente diez dólares más que tras la caída por las palabras de Trump.
Además, el gas sigue encastillado en el entorno de los 50 euros el megavatio hora y los índices vuelven a sufrir.
Parece evidente que la inestabilidad que atraviesa Oriente Medio y su impacto sobre el Estrecho de Ormuz, sobre el que pesa la amenaza del régimen de Teherán de hundir cualquier barco que suministre crudo o gas a Occidente, está pasando factura. El nerviosismo se ha apoderado de los mercados que parecen descontar una inseguridad que no será cosa de unos días. La certeza sobre el suministro de materias primas clave para el mercado energético se está desmoronando en el tablero geopolítico.
Ni siquiera que EEUU haya decidido aportar 172 millones de barriles, ha sido suficiente para evitar que el mercado dicte sentencia: las reservas son finitas, pero la incertidumbre es ilimitada. El intervencionismo estatal no ha logrado frenar una escalada alimentada por la realidad de los misiles y los buques en llamas.
En estos momentos, la situación en el Estrecho de Ormuz es crítica. Los ataques a petroleros y portacontenedores han provocado una parálisis de facto en una zona donde confluyen los intereses de los grandes productores del Golfo. No es solo petróleo; es gas natural licuado (GNL) y fertilizantes. La reducción de la producción por parte de los países del Golfo, ante la imposibilidad de dar salida a su mercancía, está empujando los precios del contrato neerlandés TTF (referencia en Europa) por encima de los 49 euros por megavatio hora.
El Nikkei y el Kospi cierran en rojo, mientras que las plazas europeas anticipan aperturas con caídas de casi el 1%. En España el Ibex 35 resiste a duras penas sobre los 17.300 puntos, pero la presión energética amenaza con lastrar el consumo y la inversión.
Ante el colapso del tráfico, Washington ha lanzado un plan de 20.000 millones de dólares para asegurar cargamentos a través de la DFC. Una medida de emergencia que busca restablecer el flujo comercial allí donde la diplomacia ha fracasado. En definitiva, mientras el conflicto en Oriente Próximo no remita, la factura energética seguirá siendo el principal impuesto a la libertad económica de Occidente.

