
Hay declaraciones que retratan una época. Retratan también gobiernos y, sobre todo, ministros. La ministra de Transición Ecológica, Sara Aagesen, declamó lo que bien podría rotularse en una taza ñoña de esas de Mr. Wonderful: "El sol nunca va a ser bloqueado por el Estrecho de Ormuz". Precioso. Matcha Latte con soja orgánica para todos y a seguir viviendo del cuento. Transitan perennemente en el eslogan.
El mundo real, nos guste o no, sigue funcionando con petróleo y con gas. No solo los coches. No solo los aviones. No solo la calefacción. Casi todo. Esa es la parte que el relato oficial intenta escamotear, como si bastara con señalar un aerogenerador en una colina o una placa solar en un tejado para declarar la independencia material de una sociedad tan compleja como la nuestra.
No vivimos de electricidad, sin más. Vivimos de átomos, de materiales, de transporte, de calor industrial, de fertilizantes, de plásticos, de cemento, de acero, de cadenas logísticas que cruzan continentes enteros. Y todo eso está atravesado por los combustibles fósiles de una forma mucho más profunda de lo que admiten los catequistas de la transición feliz.
Vaclav Smil lleva años explicándolo con una claridad que roza la crueldad si uno se detiene en los matices. Un tomate no es solo un tomate. Detrás hay fertilizantes fabricados con gas natural, plásticos derivados del petróleo para invernaderos, sistemas de riego, embalajes, cámaras frigoríficas o camiones que funcionan con diésel. Uno compra una ensalada y cree que está comprando naturaleza. En realidad, está comprando también geopolítica, refino, petroquímica y transporte pesado. Un kilo de tomates de Almería vendido en un mercado de Berlín lleva incorporado más de medio litro de petróleo. Estás comiendo petróleo… y ni siquiera lo sabes.
Lo mismo ocurre con casi todo lo demás. El PVC que entra en la construcción. Los aislamientos. Las tuberías. Las pinturas. Las resinas. Los materiales sintéticos. Los productos químicos básicos. Los medicamentos. Los detergentes. Los tejidos. La lista es infinita. La economía moderna no está montada sobre un arcoíris de buenismo verde, sino sobre una base energética muy sólida. Y esa base, hoy, sigue teniendo un color bastante menos ecológico del que le gustaría al Gobierno.
Por eso resulta tan irresponsable la frivolidad de la ministra. No porque las renovables no sean útiles. Lo son, y mucho. Sino porque venderlas como una especie de escudo mágico frente a las tensiones del petróleo y del gas es engañar a la gente. España no es una burbuja autosuficiente separada del planeta por una urna de cristal. España compra, vende, transporta, importa, exporta y compite en una economía abierta. Cuando sube el crudo, sube el coste del transporte. Cuando sube el gas, sube el coste de la industria, de los fertilizantes y de la producción. Y cuando sube la energía, acaba subiendo todo lo demás.
Luego llega la inflación y el Gobierno pone cara de sorpresa, como si los precios brotaran solos de la mala voluntad de los comerciantes. Pero no. Los precios son simples mensajeros. Nos cuentan que producir, mover y transformar cosas cuesta más. Si la energía se encarece, todo se encarece. Y no, no es culpa del Mercadona.
El problema de fondo no es solo energético. Es intelectual. Nos gobierna una clase política que cree que cambiar el discurso cambia la realidad. Y puede que el sol nunca vaya a ser bloqueado por el Estrecho de Ormuz, pero se bloquea todos los días cuando llega la noche… ahí es cuando tienes que ponerte a quemar gas para que el país se mueva. Ligero detalle que se le olvida a la ministra.
