
No tengo ni idea de qué ideas políticas tiene la cantante Shakira. Como tampoco conozco las de Xabi Alonso o Jorge Lorenzo, ni las de tantos otros deportistas y famosos perseguidos ilegalmente por la voracidad del fisco. Todos ellos lucharon y ganaron en los tribunales a Hacienda, y lo hicieron porque tenían razón y porque querían conservar lo que era suyo, lo que habían ganado honradamente con su trabajo. Pudieron ganar porque tenían recursos como para pagar durante años a unos buenos abogados, pero no sin riesgo: Sito Pons se jugó hasta 24 años de cárcel por el delito de querer quedarse con su dinero. El que había ganado él, no el Estado ni ningún oscuro inspector de Hacienda.
A lo largo de toda la historia de la humanidad, el villano ha sido el Estado y, por tanto, los recaudadores de impuestos sus peores esbirros. Robin Hood no le quitaba el dinero a los ricos para dárselo a los pobres; quitaba al Gobierno el dinero que había robado en forma de impuestos y se lo devolvía a sus legítimos propietarios. Pero de un tiempo a esta parte ha comenzado a convertirse en lugar común, en una de esas cosas que todo el mundo sabe, que pagar impuestos es bueno y solidario y que es una obligación de todo buen ciudadano. Con la excusa de que vivimos en una democracia y que los lobos han decidido por mayoría cuántas ovejas comerse, el malo ya no es el Gobierno que nos roba, sino el defraudador que no paga lo que políticos y funcionarios han decidido que debe pagar.
Los impuestos siempre han sido un robo y lo siguen siendo. No legalmente, claro, porque el poder que aprueba las leyes y las hace cumplir está pagado con impuestos. Pero esa es su naturaleza real: alguien que, por la fuerza relativa, obliga a otro a darle parte de su propiedad. Otro asunto, del que se puede discutir eternamente sin llegar a ninguna conclusión, es si ese robo es un mal menor. Que resultaría mucho más costoso para casi todos encargarnos de defender nuestra propiedad frente a los ladrones y nuestra vida frente a los asesinos. Al Estado se le reconoce el monopolio de la fuerza legítima en un territorio dado. Y le hemos puesto o intentado poner cadenas para que no se aproveche de ese estatus: constituciones que limitan su poder, elecciones en las que cambiamos a quienes lo dirigen. Lo cual no quita que los impuestos sigan siendo un robo, del mismo modo que la violencia legítima del Estado sigue siendo violencia. Y saberlo, y tenerlo en cuenta, cambia para siempre nuestra visión del papel de nuestros gobernantes y del gasto público: no es lo mismo contemplar el dinero que se paga a los intxaurrondos y broncanos si se mira como un asiento contable a si se entiende que proviene de un saqueo. Legal, pero saqueo.
Cuando demasiada gente no entiende que Hacienda no somos todos y que la sempiterna excusa de la sanidad y la educación no basta para justificar la escala del dinero escamoteado de nuestros bolsillos, victorias como las de Shakira son más necesarias que nunca. Es imprescindible que todos hagamos lo que podamos para pagar lo menos posible en impuestos. Porque ese es otro de los hierros con los que encadenamos al Leviatán. Y el Leviatán es hoy más grande y poderoso que nunca.
