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¿Cómo recordará la historia a Sánchez y a Zapatero?

Sánchez y Zapatero destrozaron el país, dispararon la pobreza y la dependencia del presupuesto público, así como su corrupción.

Sánchez y Zapatero destrozaron el país, dispararon la pobreza y la dependencia del presupuesto público, así como su corrupción.
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, junto al expresidente José Luis Rodríguez Zapatero, en el 41 Congreso Federal del PSOE en Sevilla este sábado. EFE/ Julio Muñoz | LD/Agencias

Si uno quiere hacer un repaso de los peores mandatarios de la historia de la humanidad, suele recordarlos por cómo dejaron los países que gobernaron y su efecto sobre el pueblo. El régimen soviético sometió a la población a un empobrecimiento brutal y sistemático que acabó en la muerte de cerca de 20 millones de rusos: de hambre, fusilados o directamente masacrados. Y eso solo los que murieron, porque todos los demás sufrieron pobreza y sometimiento. Hitler en Alemania será recordado siempre por la industria de la muerte y por acabar con la vida de 6 millones de judíos.

Mao tiene el primer lugar del podio del horror: entre 65 y 80 millones de muertos, según el historiador que uno consulte, adornan su vitrina entre el Gran Salto Adelante, la Revolución Cultural o la reforma agraria. Igualmente, aquellos que no fallecieron en la locura colectivista del Partido Comunista Chino fueron sometidos y depauperados hasta límites insospechados.

En Camboya Pol Pot acabó con un tercio de su población en menos de cuatro años. Cerca de 2 millones de personas fueron asesinadas a base de hambre, trabajos forzados o tras ser sometidas a terribles torturas.

Hoy una mezcla de todo eso sigue vigente en Corea del Norte bajo la dictadura de Kim Jong-un.

Algo en común entre prácticamente todos estos mandatarios ha sido un proceso sistemático de enriquecimiento a costa del sufrimiento de sus pueblos. Stalin disponía de una red de dachas estatales, trenes blindados, sirvientes, guardias y lujo clandestino. Accedía a la mejor sanidad posible en la Rusia de la época mientras su población moría de hambre y enfermedades.

Hitler hizo que el Estado comprara millones de ejemplares de su libro, Mein Kampf, y obligó a los escolares alemanes a adquirirlo. Esto, unido a otras cacicadas como la evasión sistemática de impuestos, le convirtió en uno de los hombres más ricos de Alemania. Pol Pot, pese a abolir el dinero y dinamitar el banco central, así como a desplazar a toda la población al campo —incluido él mismo—, disfrutaba de privilegios que le eran negados a todos los demás.

Mao, aunque presumía de austero, acumuló más de cincuenta residencias en todo el país, trenes privados, banquetes preparados por equipos de cocineros, abundancia de carne y arroz en plena hambruna del Gran Salto Adelante, y una corte de jóvenes campesinas para satisfacerle sexualmente. No tenían cuentas en Suiza porque no le hacían falta: el país entero era su patrimonio.

En Memoria del comunismo, Federico Jiménez Losantos concluye que en los regímenes totalitarios la corrupción material no es una excepción, sino un componente del propio sistema. Donde no hay propiedad privada, todo es del que manda. El déspota no roba: dispone.

Lamentablemente, hoy en España estamos más pendientes de los casos de corrupción que asolan al Gobierno y que dibujan un régimen que ha decidido disponer del Estado y asaltar el presupuesto público como si fuera propio, que de los problemas de los españoles. Una situación que no es deseable, pero que, en cambio, desvía el foco sobre otra realidad todavía más atroz.

Zapatero, hoy en la diana de todos los medios de comunicación, hasta de algunos progres, no fue especialmente malo sólo por corrupto, sino que su legado se cuenta en 5,27 millones de parados, 2,5 millones de empleos destruidos, la quiebra del sistema financiero, decenas de miles de millones de euros en déficit de tarifa, deuda pública disparada, miles de españoles en las colas de los comedores sociales, una inflación acumulada del 20% y unas cuentas públicas absolutamente rotas.

Zapatero es hoy en España sinónimo de empobrecimiento, de imposición de políticas climáticas y de polarización del espectro político. Negoció con los terroristas haciendo valer el asesinato de más de 800 personas para conceder dádivas políticas a los asesinos y, encima, presumir de haber acabado con ETA. ¡Señores, que hoy Otegi decide el Gobierno de España!

Si nos vamos a Sánchez, tres cuartos de lo mismo: la corrupción define un sistema que ha enriquecido a los suyos a costa de empobrecer a toda la población, una inflación acumulada superior al 20%, un empobrecimiento sistemático, una población que depende de subsidios de subsistencia, donde llegar a los estándares de salarios medios en Europa supone entrar en el privilegiado 0,5% más rico del país. Un auténtico desastre.

Sánchez y Zapatero son malos porque han destrozado el país, han disparado la pobreza y la dependencia del presupuesto público y también por corruptos. A Sánchez le preocupaba mucho, según Máximo Huerta, cómo le recordaría la historia. Hoy sólo tiene dos alternativas: ser el presidente que ha sistematizado el empobrecimiento de los españoles o el titular del Ejecutivo con más casos de corrupción. El tiempo lo dirá.

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