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¿Dónde está el presidente?

El silencio como estrategia. Marca de la casa de Rajoy, cuando era jefe de la oposición y ahora como presidente.

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El silencio como estrategia. Marca de la casa de Rajoy, cuando era jefe de la oposición y ahora como presidente.
El presidente, a su llegada al palacio de La Moncloa.

En su etapa de oposición, y principalmente durante la última legislatura, Mariano Rajoy convirtió sus silencios en una tradición. Un mutismo que exasperaba a los suyos, y que aplicaba principalmente a los embrollos internos, como el denominado caso Camps, una de las patatas calientes más incómodas de la era pregobierno.

La estampa se repetía con insistencia: el por entonces candidato a presidente salía de su vehículo oficial y era escoltado por su equipo, que le hacía el paseillo. A su alrededor, decenas de informadores, lanzándole toda clase de preguntas. "Por favor", "me dejan pasar" o "gracias", algunas de sus respuestas. Ya en el atril, Rajoy abría su libro por el capítulo que él hubiera estipulado, independientemente de la agenda política del día.

Más de un año estuvo Rajoy sin pisar la sala de prensa de Génova 13, y sus comparecencias públicas solían celebrarse fuera de Madrid y con límite de preguntas: cuatro. Además, sus encuentros discretos con los periodistas se fueron reduciendo paulatinamente, molesto de que en ocasiones se reprodujeran sus palabras.

Esto hasta el veinte de noviembre, cuando una abultada mayoría de españoles le aupó a la presidencia para acometer su programa reformista; para "regenerar" a una España con cinco millones de personas en el paro. Durante el traspaso de poderes, Rajoy se encerró literalmente en su despacho para preparar la transición. Una vez tomó posesión de su cargo, el veintiuno de noviembre, sólo hizo un amago de comparencia en el anuncio de sus ministros. Primero, leyó los nombres de los componentes de su gabinete y antes de su ya tradicional "muchas gracias" tuvo que escuchar una pregunta, referida al perfil del titular de Economía, Luis de Guindos. No le debió gustar el interrogante, ya que reiteró: "Muchas gracias".

Fue la primera y última vez que el presidente Rajoy ha estado cerca de los informadores. Pero, a mitad de camino, su administración anunció un durísimo plan de ajuste, que incluyó una subida de impuestos que el PP siempre rechazó en campaña electoral. Un tajo, el primero de muchos, a fin de evitar la tan temida crisis de la deuda soberana, lo que más preocupa al jefe del Gobierno, lo que le provoca verdaderos escalofríos.

Su puntal en el Ejecutivo, Soraya Sáenz de Santamaría, fue la encargada de defenderlo, además de los ministros económicos. Él prefirió quedarse en su despacho, trabajando a puerta cerrada: telefoneando a actores internacionales como Ángela Merkel e indicando -si no mandando- a los grandes de la banca que hacer en esta nueva era.

Un mutismo que no convence a muchos, pese al gran escudo que supone Sáenz de Santamaría. Explicación y mucha pedagogía, recetó Rajoy a los suyos en la última Junta Directiva Nacional, el principal órgano interno del PP entre congreso, en relación con su plan de acción. De hecho, si algo reclamó a José Luis Rodríguez Zapatero -cuando aún no tenía responsabilidades de Estado- fue que acudiera al Parlamento para explicar sus planes anticrisis.

Un silencio que ya se comenta en el extranjero. La BBC destaca, sobre Rajoy, que "no fue el encargado de dar la cara y responder a los periodistas" sobre sus duros planes de ajuste. De puertas para adentro también se ha convertido en comidilla su sigilo: "Aún no vive en Moncloa y ya se acumulan los problemas", admitió un miembro del gabinete presidencial. No son pocos los que creen que debe comparecer, si bien defienden del presidente su control de los tiempos.

La próxima prueba de fuego para Rajoy será el día 16, en Moncloa, donde recibe a uno de sus aliados naturales: el presidente galo, Nicolás Sarkozy. Los funcionarios del palacio confirman que "lo natural" es que haya rueda de prensa, pero tal extremo no está ni mucho menos confirmado. Lo único que anunció el escudo Sáenz de Santamaría es que, tras la cumbre de Bruselas -30 de enero-, el jefe de gabinete comparecerá solemnemente en la Cámara Baja.

Hasta entonces habrán pasado cuarenta días desde su toma de posesión. Tiempo en el que el Consejo de Ministros volverá a plantear ajustes encima de la mesa y los diferentes ministros se enfrentarán en el Congreso a unas comparencias propuestas a título propio. Uno de los grandes miedos de la administración no es otra que la quema del equipo pues, admiten, a Sáenz de Santamaría ya se le vio “en apuros” en la última rueda de prensa.

La pregunta se repite en los círculos políticos: "¿Hasta cuándo aguantará Rajoy?". La historia dice que muy pocas veces el presidente ha acabado cediendo a la presión; que casi siempre se ha salido con la suya, y ha impuesto su calendario. Habría que saber cuál es su calendario real, y si es cierto que pretende seguir con su trabajo de despacho hasta el próximo mes, como así se presupone.

La última vez que se le vio fue en la tradicional Pascua Militar, en la que tuvo un aparte con el monarca. Con el Rey don Juan Carlos se le vio mostrando una sonrisa, si bien no ha trascendido de qué estuvieron hablando. Si algo está haciendo Rajoy desde que ganó las elecciones es cerrar aún más su círculo íntimo, ya de por sí reducido. Silencio público y también de puertas para adentro. Es el estilo mariano, alejado de los focos. Gana en las distancias cortas, en los despachos o comidas de trabajo. El problema es que la opinión pública busca otra cosa, según una reciente encuesta: requiere una explicación pública de su plan de reconstrucción nacional. De momento, sigue sin haber noticias en este sentido.

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