Momentos de dolor, emoción y lágrimas. El reconocimiento civil que se ha hecho en el Congreso de los Diputados a todas las víctimas del terrorismo ha servido para que toda la sociedad española mostrara públicamente su aprecio y recuerdo por las víctimas y sus familias.
En muchos rostros todavía se escucha el chasquido de la pistola, el sabor agrio y seco de la pólvora, el susto terrible de la bomba lapa, el pánico al ruido sordo, a la explosión: a cualquier explosión aunque sea un festivo cohete. Muchos guardan en sus oídos la fractura de los cristales, escuchados tantas veces cuando cierran los ojos. En muchas caras se sigue leyendo la incredulidad ante el asesinato de un padre, de un hermano o de un marido, que nunca nadie se podrá explicar. Todavía muchos corazones viven encogidos ante el recuerdo de lo vivido. Siempre lo harán. Nunca podrán borrarlo de sus memorias. Mucha gente joven, chicos y chicas, conocen a sus padres por alguna vieja foto del álbum familiar.
Este reconocimiento a las víctimas del terrorismo era una deuda de la sociedad española. Y, aunque la vida sigue y nadie llenará el hueco dejado por los seres queridos, al menos queda el consuelo de la solidaridad.

Una deuda de todos
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