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No sé exactamente quién dijo aquello de que "aunque la vida va hacia adelante, sólo se comprende hacia atrás". No recuerdo quien lo dijo, pero habría que sacarle a hombros y por la puerta grande porque es una gran verdad. Por ejemplo, en el fútbol. Se vive el hoy, el día a día, casi el frenético minuto a minuto, pero nada en este deporte tiene sentido si no miras por el retrovisor. El Madrid de Di Stéfano y sus cinco copas de Europa, Bobby Charlton, Maradona o el Inter de Suárez, el "dream team" de Cruyff o las galopadas de Weah, la clase de Ginolá, la mirada asesina de Cantoná y los goles de Hugo Sánchez.

Uno debe tener como exigencia echar una mirada permanente al fútbol de antaño, a los equipos que le hicieron grande, a sus jugadores, sus estadios, sus aficionados. Y uno de los capítulos más gloriosos lo protagonizó la selección de Hungría que, con Ferenck Puskas a la cabeza, se convirtió a mediados de los cincuenta en una orquesta terrorífica que sembraba de goles los campos que visitaba. Cronometraban sus relojes, entraban, jugaban al fútbol, goleaban y se iban. Simple. Limpio. Maravilloso.

Hoy Puskas, que más tarde siguió haciendo historia con el Real Madrid está aquejado de uno de los males típicos del siglo XX: la enfermedad de Alzheimer que, precisamente, te asfixia la memoria hasta desnutrir tu pasado. Pero el pasado de Puskas lo recordamos los demás. Es un deber, una obligación y una auténtica devoción. Sin ir más lejos, aquella final contra el Eintrach de Francfort en la que "cañoncito pum" metió el solito cuatro golazos (su amigo Alfredo, los tres restantes).

Ferenc tuvo siempre tendencia a engordar, y hoy llega precedido de una simpática barriga (como si llevara siempre escondido bajo el jersey el balón con el que logró su primer "hat-trick"). Como jugador esa facilidad para ensanchar peligrosamente hacia los lados no le impidió, sin embargo, dejar sentados a sus rivales una y otra vez. Su zurda era un primor.

Este artículo va por ti, ocsi (hermanito); gracias por todo. Te lo debemos.

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