En medio de las fuertes oscilaciones de las encuestas y los resultados contradictorios entre los diferentes sondeos, lo que parece cada día más constante en esta campaña electoral es la inversión de las alianzas políticas habituales, tanto geográficas como demográficas o ideológicas.
No es que los sindicatos se hayan vuelto republicanos, ni los banqueros demócratas, pero las preferencias de ciertos grupos de electores contradicen los patrones que la gente normalmente prevé en este tipo de contiendas.
Si se simplifica la opción presidencial norteamericana en izquierda-derecha, se podría esperar que los jóvenes apoyen al candidato demócrata Al Gore y los ya entrados en años al republicano George Bush. Otro tanto habría de ocurrir con los universitarios, y no solo por la imagen del "progre inteligente" que los académicos de izquierda han conseguido imponer, sino porque Bush ha sido "diagnosticado" tonto, inculto y hasta afligido por una falta patológica de capacidad de concentración.
Pero las encuestas dicen otra cosa: tanto los licenciados como los que pasaron algún tiempo en la universidad favorecen a Bush, y Gore tan sólo encuentra apoyo mayoritario entre los que obtuvieron, como máximo, certificado escolar. En cuanto a las edades, los jóvenes están en el campo de Bush y los pensionistas en el de Gore.
Esta inversión de papeles puede deberse a varios factores. En el caso de los jóvenes y los jubilados, el más importante es probablemente la Seguridad Social, pues los pensionistas temen perderla con Bush, mientras que los jóvenes están seguros de que Gore la hará desaparecer cuando a ellos les llegue el momento de cobrar.
Menos evidente es la preferencia de los más educados por el candidato percibido universalmente como menos informado y con menos brillo intelectual, aunque podría ser que algunos se hayan desencantado leyendo las tesis ecologistas de Gore en su libro "La tierra en la balanza", en que pone a la raza humana al servicio de la Tierra como una cruzada religiosa y predice la rápida desaparición del automóvil que por ahora no da signo alguno de debilidad.
Otro tanto ocurre con la distribución geográfica: Gore ha tenido que aceptar la ayuda del presidente Clinton en California, un estado que tenía asegurado hasta hace una semana mientras que Bush no cesa de hacer campaña en la Florida, donde la presencia de su hermano como gobernador y el gran número de exiliados cubanos parecían garantizar un voto republicano. En West Virginia, en cambio, un estado minero y pobre, Gore no entusiasma ni siquiera a los sindicatos.
Cierto es que Bush, como hace seis años Clinton al robar slogans republicanos, ha adoptado etiquetas demócratas de popularidad demostrada e incluso frases clintonianas adaptadas con pequeñas modificaciones: "el pueblo primero", lema de Clinton en la campaña de 1992, se ha convertido en "confiar en el pueblo", en vez del gobierno, en los discursos de Bush.
También como Clinton, Bush no tiene reparos en criticar a sus correligionarios, ya sean congresistas o gobernadores: Clinton impuso la reforma del sistema de bienestar social aprobada por el congreso republicano, a pesar de las protestas de los legisladores, pues vio que tenía apoyo popular. Bush marca la conveniente distancia con respecto al gobierno federal de Washington denunciando la falta de solidaridad de los legisladores y el anquilosamiento del Congreso, aunque la mayoría la tiene su propio partido demócrata. En otros casos, como en Michigan, adopta posiciones distintas a las del gobernador John Engler, opuesto a las ayudas a la enseñanza privada que favorece Bush y, con ello, se distancia de un gobernador que podría costarle votos en un estado importante con un electorado indeciso.
Quizá el grupo más fiel sean los negros, que favorecen en un 60% la propuesta de Bush para la reforma escolar, pero siguen firmemente anclados en el campo demócrata. Ni la frecuente aparición de Colin Powell, el general negro que probablemente será secretario de Estado en una administración Bush, o de la también negra Condolezza Rice, principal asesora de Bush en política internacional, sirven para convencer a los negros de que Bush tratará de reducir las desventajas raciales.
Aparte de grupos específicos, la población en general ve a los dos candidatos al revés de lo que se esperaba este verano, cuando Gore era el campeón de las causas sociales: según una reciente encuesta Gallup, la gente tan solo juzga a Gore más apto para resolver los problemas del Medicare, que es el seguro médico para jubilados, mientras que Bush le aventaja en Seguridad Social y educación, dos caballos de batalla tradicionalmente demócratas.
Además, los papeles también se han invertido en cualidades personales y ahora Gore domina tan solo en su "comprensión de cuestiones complejas" mientras que va a la zaga en capacidad de gobernar, en contacto con el pueblo, interés por las necesidades populares y en compartir los valores del hombre de la calle.
Quizá la clave de estos giros esté en otra pregunta: la gente considera que problemas graves como la Seguridad Social tan solo pueden resolverse con cambios profundos, pero cree que la capacidad de innovación la tiene Bush y no Gore. Son los candidatos los que están al revés: el progresista con el statu quo y el conservador con los cambios.

La elección al revés
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