Petulante en sus mitologías, gusta Europa mirar a los Estados Unidos por encima del hombro. Síndrome de aristócrata venido a menos. O cada cual se consuela como puede. Unánimes comentaristas giran en torno a la verdad incuestionable: la minusvalía política de un ciudadano que, como el estadounidense, apenas vota y que, en esta ocasión, parece olímpicamente desentenderse de la colosal barahúnda provocada por un empate casi estricto.
¿Y si fuera el revés? ¿Si esa soberbia indiferencia ciudadana hacia el cerrado coto de los políticos fuera síntoma de una salud cívica que Europa, anacrónica, ignora? Desde que Guy Debord lo formulara, mediados los sesenta, todos sabemos (o deberíamos saber) que de la representación no queda más que su sentido teatral, que el espectáculo ha suplido a toda realidad política, impregnando la conciencia social de una saturación persuasiva casi insoportable. Votar no es hoy ejercer acto libre alguno. Es plegarse a la simple repetición de lo que los grandes poderes que controlan los media imponen.
¿Hay, hoy, otra legítima defensa ciudadana que no sea la de dejar que los políticos se pudran en su propia salsa? En Europa, un resultado como el obtenido por Bush y Gore hubiera creado climas sociales casi gerracivilistas. En Estados unidos, la inmensa mayoría pasa olímpicamente. La vida cotidiana no se modifica un ápice. ¡Dejad a los payasos que sigan el espectáculo! ¡Si no se dan cuenta de que la grada está vacía, peor para ellos! Yo, sinceramente envidio ese sano cinismo del tan vituperado ciudadano estadounidense.

Elogio americano
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