Durante unas conferencias en cierto país africano, el profesor Emilio Bouza, jefe del Servicio de Microbiología Clínica y Enfermedades Infecciosas del Hospital Universitario Gregorio Marañón, en Madrid, me comentó que “los únicos seres vivos a los que tendríamos que temer no son los leones ni las panteras negras, sino las criaturas que no podemos ver”. Obviamente, el profesor se refería a los microbios. Vivimos inmersos en un auténtico zoo microscópico que flota en el aire que respiramos.
Lejos de ser un medio inerte, y a pesar de su apariencia traslúcida y estéril, el oxígeno que entra en nuestros pulmones es un hervidero de vida. Virus, bacterias, hongos, líquenes, protozoos y otras criaturas menudas son, junto a esporas, granos de polen y restos microscópicos de materia orgánica y compuestos volátiles de origen biológico, los inquilinos del aire. Los biólogos los conocen en su conjunto como bioaerosoles. Muchos de estos colonos aéreos resultan, en circunstancias normales, del todo inocuos. Otros, por el contrario, son los culpables de numerosas enfermedades, desde alergias y micosis hasta graves infecciones víricas y bacterianas. No es ningún secreto que los agentes responsables de la tuberculosis, la neumonía, la varicela, la gripe o el resfriado se propagan por el aire. También la bacteria Legionella levita en el ambiente buscando la menor oportunidad para colarse e instalarse en nuestro árbol respiratorio.
La evolución de este microbio ha sido curiosa. Al igual que otras criaturas imperceptibles, la Legionella ha evolucionado para adaptarse al hombre y sus nuevos hábitats. Durante milenios, esta bacteria ha vivido en lagos y charcas sin molestar a los seres humanos. De hecho, la gente que bebía agua contaminada por Legionella no sufría enfermedad alguna. Pero, con la aparición de las torres de refrigeración de los edificios y los aparatos de aire acondicionado, este oportunista ha hallado en sus depósitos de agua, que sirven para retirar el calor, un verdadero paraíso terrenal. En determinadas circunstancias, las gotas contaminadas de agua escapan del depósito y son pulverizadas por el sistema de ventilación hacia la calle. Esto ha hecho posible que por primera vez sea posible respirar la bacteria, una forma de Legionella que provoca, sobre todo en personas inmunodeprimidas, una fatal neumonía conocida como enfermedad del legionario. Fue llamada así debido a que el germen se identificó por primera vez a raíz de un brote de una infección respiratoria febril aguda que afectó a un grupo de veteranos de la American Legion de Filadelfia, en 1976.
Ahora que la Legionella se ha acondicionado en nuestros aparatos de refrigeración, va a ser muy difícil convencerla de que vuelva a las charcas, su hábitat natural.

La jungla flotante
En Portada
Servicios
- Oro Libertad
- Curso
- Inversión
- Securitas
- Buena Vida