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Simenon en los Mares del Sur

El pasajero clandestino es una novela más, porque con Georges Simenon siempre hay que hablar de una más, de la serie narrativa de este autor que la editorial Tusquets viene publicando a lo largo de los últimos años. Los críticos la han tildado de “exótica”, al igual que otras novelas que Simenon escribió inspirado por su larga estancia en Papetee, Tahití.

Es cierto que en este libro pasamos de las brumas melancólicas, tan abundantes en el autor, a la luz sin sombras, del frío húmedo al calor que paraliza los movimientos. El cambio de atmósfera se evidencia en la misma obra. El comienzo tiene lugar en un muelle de Panamá, en el “negro suntuoso” de la noche, apenas roto por unas sucias luces al fondo, y las estrellas de los barcos. En primer plano, dos hombres que no se conocen pasean nerviosamente por un muelle de madera. No se ven, se atisban sólo por la brasa de sus cigarrillos. Ambos esperan una motora que los llevará al barco que hace la ruta a Tahití.

La larga travesía nos permite conocer los nombres y movimientos de los personajes, pero no las oscuras motivaciones del viaje, ni la abierta hostilidad que se profesan los arriba mencionados. Tampoco conocemos al más misterioso de todos, un polizón oculto en uno de los botes de salvamento, del que sólo oímos la voz. La llegada a Papetee no hace más que anudar una compleja trama de ambiciones que envuelve a los dos hombres. Ambos han acudido a la isla persiguiendo un mismo objetivo, encontrar a un joven que, sin saberlo, ha heredado una inmensa fortuna, y a cuyo arrimo esperan solucionar la precariedad de sus vidas. En el duelo que entablan, uno de ellos, el mayor Owen, estafador, borracho, acosado por la tramoya en que convirtió su vida, parece llevar las de perder.

Y ahí es donde la novela se hace más simenoniana. Decía el autor que la intriga de sus novelas era sólo el medio para obligar a los personajes a salir del estado corriente de sus vidas hasta el punto culminante de su destino. Ir hacia el fin de sí mismos, como ocurría en la tragedia. Ésa es la oportunidad que se le brinda al mayor Owen. En un giro inesperado de la trama, no habrá perdedores, sino alguien que comprende y acepta.

La cegadora luz de la isla, los planos de color en que se descomponen casas y calles, el agua circular del lago, no tienen nada de exóticos. Como en un eco de la Samoa stevensoniana, son las señales de que el viaje ha terminado. De la oscuridad a la luz, como dicen que sobreviene la revelación.

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