Nadie sabe si el republicano George Bush será presidente el próximo año, pero nadie le puede quitar la experiencia de haber sido, por dos veces en menos de tres semanas, el presidente electo. La distinción tan solo duró quince minutos la primera vez y, probablemente, unas 15 horas en esta segunda ocasión, pero no perdió el tiempo y saboreó lo que tal vez sea un momento fugaz y único para dirigirse al país en un tono presidencial con una llamada a la unidad.
Si en la madrugada del 8 de noviembre su rival demócrata Al Gore le llamó por teléfono para retirar su reconocimiento de una derrota electoral, esta vez ha sido el candidato a vicepresidente Joe Lieberman quien anunció, a través de las televisiones nacionales que Gore impugnará los resultados.
Este método de comunicar, mediante mensajes televisados en vez de conversaciones telefónicas, es una buena indicación del nivel de diálogo posible entre ambos candidatos y hace presagiar una lucha feroz en los 16 días que faltan hasta el plazo para nombrar a los 25 electores presidenciales de la Florida, cuyo voto tiene las llaves de la Casa Blanca.
De momento, las llaves que Bush quiere difícilmente las tendrá: se trata de las oficinas en Washington que los presidentes electos utilizan para preparar la transición al nuevo gobierno. Están bajo el control de la administración Clinton-Gore, que no se las entregará a Bush mientras Gore no acepte la derrota y tenga acceso a los tribunales para luchar por la presidencia.

Las llaves del reino
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