Mientras los norteamericanos miran atónitos la sucesión interminable de pleitos en que se ha convertido la primera elección presidencial del nuevo milenio, el vicepresidente y candidato demócrata Gore trata de hacerles comprender el por qué de su conducta: actúa como guardián de la democracia, defensor de la constitución y protector del derecho a votar.
Al margen de los esfuerzos de sus abogados por convertirlo en presidente por la vía judicial, Gore sigue en la tarea, siempre ardua para él, de conseguir simpatía popular y, este lunes, escogió la hora de máxima audiencia en televisión, cinco minutos antes de un partido de fútbol norteamericano, para dirigirse a sus compatriotas y asegurarles que él es el verdadero ganador y lo podrá demostrar en cuanto los jueces ordenen contar 13.000 papeletas descartadas por las máquinas.
Si su atractivo personal sigue dejando que desear, Gore mostró en cambio una enorme habilidad en llamar a capítulo a sus correligionarios demócratas, que en días anteriores mostraban inclinación a abandonar el barco antes de que se hunda. Lo que ya no dio tan buenos resultados fue la escenificación, digna de regímenes en extinción: los dos líderes demócratas del Congreso se desplazaron a la Florida, desde donde hablaron telefónicamente con Gore y su vicepresidente Lieberman para "informarles" que la Florida había votado por ellos y, en un despliegue de culto a la personalidad apropiado a la escena, celebraron los sermones democráticos de la pareja que desea controlar la Casa Blanca.
La sorprendente escena, televisada en directo, en que el senador demócrata incluso leía lo que iba diciendo, hace pensar que Gore se ha dedicado demasiado a cultivar las relaciones con Moscú.

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