La prensa nacional se empeña en mandarnos desde Georgia las declaraciones tranquilizadoras de los altos responsables georgianos y las descripciones del secuestro que parecen guiones de películas de acción o novelas policiacas. Mientras tanto, nos enteramos por medios extranjeros de que la verdadera situación no es nada divertida. Al parecer, todo, hasta el momento, ha sido una mentira: no se conoce el paradero de los secuestrados, no hay conversaciones con sus raptores, ni se sabe quiénes son y qué piden. Tampoco se conoce el estado físico de los españoles.
Últimamente las autoridades georgianas anunciaron que van a proceder a una operación militar en el desfiladero de Pankisi, feudo de las bandas criminales chechenas, para recuperar a los rehenes. Una mentira más, ya que todo el mundo sabe que el régimen del presidente Eduard Shevarnadze no posee fuerzas suficientes para oponerse a la guerrilla chechena. Y para que no haya ninguna duda, esta última no ha tardado en responder con la amenaza de declarar la guerra a Tiflis. La verdad es que Georgia, hundida en sus luchas internas por el poder, la miseria y la corrupción, no controla la tercera parte de su territorio nacional. Allí son los caciques locales y las bandas criminales quienes cortan el bacalao.
Ahora el gobierno de Shevarnadze se ha convertido en rehén de su propia política. A lo largo de los últimos años este gobierno, en su permanente confrontación con Rusia, ha apoyado a la guerrilla chechena. Ha convertido una parte de su propio país en la retaguardia segura de las bandas de asesinos y secuestradores. Ahora Shevarnadze, muy preocupado por su imagen internacional, está cosechando los resultados de esta política.
Y los que peor lo pasan son los dos españoles abandonados a su propio destino.

Georgia: mentiras y falsas promesas
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