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De campaña en campaña

George Bush ha aceptado la presidencia de Estados Unidos montado ya sobre una nueva campaña para mantener su legitimidad y romper la resistencia que prometen ofrecerle los demócratas derrotados.

Mientras esperaban el discurso que esta madrugada pronunció el vicepresidente Al Gore, los periodistas especulaban si reconocería la victoria de su rival, tal como ha prometido repetidamente y apelaría al país para que deje atrás las divisiones de la campaña electoral y la extraordinariamente amarga post-campaña.

El temor de que Gore no aceptara su derrota no se confirmó pues, si bien expresó su desacuerdo con la sentencia del Supremo que le cerró el camino, pidió a sus seguidores que cierren filas tras Bush. Era algo muy necesario ante las señales del campo demócrata, cuyas filas indican que harán todo lo posible para que Bush no pueda gobernar, aunque sea a costa de polarizar al país atizando los resentimientos raciales o de que los ciudadanos pierdan la confianza en instituciones democráticas, como el Tribunal Supremo.

El discurso de Gore, que mostró más emoción que en toda la campaña, se producía después de una encuesta en que tan solo el 22% del país quiere verlo de nuevo como candidato, pero al terminar algunos se preguntaban si había empezado el camino para regresar dentro de cuatro años.

De momento, Gore y el presidente Clinton se reunirán con Bush en Washington la próxima semana, en un gesto conciliador, pero los aliados que Bush quiere son los actuales líderes demócratas moderados que pueden ayudarle a gobernar y a hacerle más atractivo ante grupos como los negros que, a pesar de sus esfuerzos, le han rechazado como a pocos republicanos, pues el 93% votó por Gore.

En realidad, Bush ha de ser tan hábil a la izquierda como a la derecha: al ser el primer presidente republicano desde hace casi medio siglo que tiene mayorías de su partido en ambas cámaras del Congreso, los conservadores tendrán unas expectativas que Bush no podrá satisfacer a causa de la tenue mayoría en las dos cámaras. El lugar elegido para su discurso de esta noche estaba cargado de simbolismo, pues era la Cámara de Representantes de Texas, de mayoría demócrata, con la que se ha entendido durante casi seis años. Pero el simbolismo es igualmente peligroso, porque los demócratas de Texas no son de la misma especie que sus correligionarios del norte y la costa Este, dispuestos a sacrificar la eficiencia del gobierno en aras de la ideología y de la recuperación del poder mayoritario.

Los símbolos de Texas pueden despertar expectativas exageradas en todo el país que lo emplacen a que ponga en práctica el slogan de su campaña, "lo mío es unir, no dividir".

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