En política no se concibe el vivir a la defensiva. La estrategia pasa siempre por vivir al ataque, tomar la iniciativa, marcar el paso propio y ajeno. El Gobierno, por el momento, parece estar más bien en otra guerra. Vive y se mantiene a la defensiva. No por el buen hacer de la oposición o por problemas internos. En esta ocasión, de manera inexplicable está a verlas venir.
Dos asuntos como la enfermedad de las “vacas locas” o el llamado “síndrome de los Balcanes” nos están enseñando un Gobierno desorientado y quizá desbordado, pero sobre todo a la defensiva. Estamos hablando de dos cuestiones que forman parte del sueldo de un Gobierno: solucionar los problemas que puedan surgir. Es, en definitiva, el trabajo cotidiano del que gobierna.
La alarma se enciende cuando el Ejecutivo, lejos de tomar las riendas, no afronta los problemas propios de su cargo. Evita buscar soluciones y, sobre todo, se deja comer el terreno ofreciendo una sensación de incapacidad ante los imprevistos. La sensibilidad de la que hizo gala el Ejecutivo del PP durante la primera legislatura, ahora ha desaparecido.
Están algo toscos. Falta capacidad de reacción. Hay miedos por buscar soluciones que puedan ser equivocadas. Y eso que la oposición está aplicando un suavísimo guante de seda
El Gobierno no se puede olvidar que en todo lo que afecte a los ciudadanos –como son los asuntos citados– el trabajo y el esfuerzo son imprescindibles. Todo pasa por la cercanía a los verdaderos problemas, no a los figurados.

Un Gobierno a la defensiva
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