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Llega la hora de la verdad

La detención en Estados Unidos del antiguo intendente del Kremlin, Pavel Borodín, tiene un gran significado político para Rusia. Por supuesto, puede tratarse de la escaramuza de turno entre las dos potencias o una venganza por el caso Pope, el empresario estadounidense acusado de espionaje en Rusia, juzgado y amnistiado por Putin. Tampoco se descarta que el arresto sea una especie de presión sobre Rusia para que deje tranquilo al magnate Vladímir Gusinski, acusado de fráude y detenido en España. Y, cómo no, puede ser un gesto de Clinton para estropear la fiesta de inaguración de Bush.

Pero, el significado de esta detención va más allá de lo mencionado. Cabe recordar que el presidente Putin llegó al Kremlin bajo la bandera de la lucha contra la corrupción y el crímen, los peores males de Rusia. Su popularidad actual se debe especialmente al comienzo de esta lucha, que se traduce en los ataques contra oligarcas y altos funcionarios civiles y militares. Unos ya están procesados, otros se esconden en el extranjero, mientras que la fiscalía no para de sacar nuevos casos.

En cuanto a Borodín, no es un corrupto cualquiera. Es todo un símbolo de la época perversa de Yeltsin. Por el momento, permanecía entre los “intocables” junto con la propia familia del antiguo presidente. Además, se rumorea que Putin le debe a Borodín favores personales, por ejemplo, fue él quien le introdujo en los círculos kremlinianos.

Así que, llega la hora de la verdad para Putin. Si sus deseos de limpiar a Rusia del asqueroso pasado yeltsinista son sinceros, debe estar agradecido a Washington por haber hecho su trabajo. Un político que pretende realizar misiones históricas debe ser honesto y justo. “El que quiera peces que se moje el …” como suele decir nuestro entrañable compañero Alberto Míguez.

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