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Poco creíble

La amenaza de clonación humana orquestada por un consorcio privado de científicos, liderado por el doctor Severino Antinori, director de un centro de reproducción asistida en Roma, parece el eco de otro intento que no pasó de ser una fanfarronada. Tras el mayúsculo revuelo mediático que causó el nacimiento de la oveja Dolly, el científico de Chicago Richard Seed robó parte del protagonismo a la cordera tras anunciar a bombo y platillo que iba a abrir una clínica para ofrecer técnicas de clonación a parejas estériles. El embrión clónico se implantaría en la mujer por inseminación artificial. A Sedd, que se dejó fotografiar y entrevistar hasta para las páginas de los tebeos, no tardaron en salirle adeptos y, cómo no, competidores. La doctora Brigitte Boisseliev, cabeza visible de la iglesia raeliana, que dice que la Tierra fue fabricada por alienígenas, se ofreció por Internet a clonar hijos de parejas estériles y homosexuales.

Hoy por hoy, no suena nada serio que un profesor experto en fisiología, como es Panos Zavos, anuncie que producirá el primer clon humano antes de dos años. A pesar de que sus intenciones sean loables y aunque las limitaciones éticas no constituyan un obstáculo para estos osados investigadores, la clonación de un ser humano no está asegurada científicamente. En la actualidad, las técnicas de clonación están lejos de ser perfeccionadas, y los fracasos superan con creces a los éxitos. Esto lo dice hasta el padre científico de Dolly, Ian Wilmut; después de enterarse del anuncio ha manifestado en la BBC que “sólo el uno o el dos por cien de los experimentos de clonación con animales que han sido descritos hasta el momento han tenido éxito y que, por el momento, no parece posible que se supere esta barrera. De hecho, las probabilidades son tan bajas, que en mi opinión es irresponsable alentar a la gente con ello”. Wilmut sabe lo que se dice. Para engendrar a Dolly, los investigadores del Instituto Roslin, en Edimburgo, obtuvieron con técnicas de microinyección 277 embriones, que fueron colocados en el oviducto de varias hembras. Después de seis días, se recuperaron 247, de los cuales sólo 29 eran válidos para el experimento de clonación. Éstos fueron finalmente transferidos al útero de 13 ovejas, y sólo un embrión se desarrolló en feto: la futura Dolly.

Cabe pues preguntarse si el grupo de científicos que piensa lanzarse a la arena de la clonación humana se ha leído el trabajo que publicó el equipo escocés en Nature, así como los informes de otros que han obtenido ratas, monos, cerdos y vacas clónicas. ¿Sacrificarán Antinori y compañía tres centenares de embriones en cada ciclo de clonación para que unos papás tengan su hijo clónico? Se mire por donde se mire, suena por lo menos macabro.

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