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El PNV y el 18 de julio

La memoria selectiva de los miembros del PNV es cuestión que, sencillamente, pasma. Mientras persisten en recordar como padre fundador –e imposible de revisar– al racista Sabino Arana, sustentador de tesis incompatibles con el mapa del genoma humano, muestran una amnesia vergonzosa en relación con su papel durante la guerra civil española.

A finales de 1936, el padre Onaindía, sacerdote del PNV, se ponía en comunicación con la Santa Sede para explicar a la jerarquía eclesiástica la reticencia del partido nacionalista a sumarse al bando alzado en julio de aquel mismo año. Onaindía reconocía que el PNV había participado en la conspiración, que había mantenido conversaciones con el general Mola incluso después de estallar la guerra y que el verdadero enemigo de su partido era el Frente Popular. A pesar de todo, señalaba como causas para no unirse más abiertamente a los alzados la insistencia de Mola en que los gudariak combatieran también fuera de las Vascongadas y –racista a fín de cuentas– el hecho de que Franco había recibido ayuda de banqueros judíos.

Onaindía no cerraba del todo las puertas a un arreglo futuro --siempre que se respetaran las condiciones del PNV– ya que, a fín de cuentas, en Álava y Navarra los nacionalistas vascos no se habían opuesto al alzamiento sino que se habían sumado a él. Este cúmulo de circunstancias explica cómo el PNV pudo traicionar al mando republicano tras la caída de Bilbao, no sólo pasando a las fuerzas de Franco informaciones militares esenciales para derrotar a las tropas del Frente popular en Asturias y Santander, sino rindiéndose por separado a los ejércitos fascistas de Mussolini en Santoña.

En cuestión de días, centenares de aquellos gudariak se sumaron a las banderas de Falange y del Requeté donde continuarían hasta el final de la guerra. Entre ellos, no se hallaba el padre de Arzalluz... como buen carlista se había sumado a los alzados antes incluso del 18 de julio.

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