La historia de Robert Antelme la narró Marguerite Duras, en líneas de un lirismo desgarrado. Y ascético. Su libro, el de Duras, se llamó El dolor. El dolor –como el amor—, si no es ascético, no es nada. O es peor que nada: calderilla obscena. Quien escribía era una mujer, entonces joven. Aguarda a un hombre, en 1945. Ella se llama Marguerite D. El hombre es su marido, Robert A, 26 años. Ha sido detenido por la Gestapo, en 1943, junto a su hermana pequeña, Marie Louise. A partir de ese día, nada. La mujer piensa –y, de algún modo, sabe— que no regresará nunca.
El teléfono, el pasillo, las habitaciones que el lector percibe en penumbra. Suena, a veces, el teléfono en 1945. Y una noche (no es ella quien ha cogido ese teléfono, es un amigo, D. M.), una noche, la voz dice que Robert A. está vivo, que morirá, seguro, en pocos días: Buchenwald. El viaje entonces. El viaje de D. M. La espera de ella. La llegada. El cadáver andante (la hermana pequeña no ha sobrevivido). Alimentarlo es imposible. Cualquier sólido desgarraría su tenue estómago, dice el médico. Sopa en cucharadas de café, semanas, meses. Animal silencioso, apenas ojos. Certidumbre de la muerte. Semanas. Meses. El dolor.
Pero la historia es también una historia de amor. Terrible. Toda historia de amor lo es; o no es nada. Él se ha recuperado. Lo bastante para no morir. No para volver a ser él. No: nadie podría. Pero no morirá. Están sentados –el hombre, la mujer, sus amigos— sobre la arena de la playa. Desnudos, los otros. Él no: vestido, cubierto con abrigo y sombrero. Pero no morirá. Ella lo sabe. “No volveré nunca más a dormir contigo”, dice ella. Se miran. Callan. Es la más bella historia de amor que yo he leído. Robert Antelme, Marguerite Duras y Dyonis Mascolo compartirán domicilio durante años. Amistad, durante toda la vida.
Acaba, ahora, de publicarse en español el otro lado de la historia. La narración minuciosa de Büchenwald, que Antelme elaborará desperadamente entre 1945 y 1947. Para mí, el libro más doloroso del siglo XX: La especie humana. Lo ha editado Libros de Arena.
El espanto que narra no conoce siquiera la compensación poética, el lirismo desgarrado de la mujer que espera. En el campo de concentración no hay tiempo ni lugar para la poesía. Todo se juega en una degradación universal, sellada en el cuerpo: el hambre, la mugre, el destrozo físico que, implacablemente, arrastra un destrozo moral más allá de todo límite. Nadie –salvo quizá Primo Levi— ha ido tan lejos en esa disección sin piedad de la aniquilación propia. Nadie, en el siglo XX, supo asomarse con tanta lucidez al más primordial abismo: que la esencia de lo humano es lo inhumano.

El hombre del dolor
En Tecnociencia
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