Una nube de polvo. Un pesado granizo de grava que fue piedra. Y se acabó. Mil quinientos años que quedan en nada. Los Budas de Bamiyán no existen.
Es primordial su lección. Somos efímeros. No cada uno de nosotros sólo. No siquiera el conjunto de la especie. Efímero es cuanto hacemos. Efímero es el mundo que soñamos forjar a nuestra medida. La aniquilación no es, en esa finitud, ni un accidente, ni una perversa irregularidad de la especie. El placer de destruir es la esencia de las criaturas precarias que somos. Criaturas perecederas y que se saben tales. Criaturas cuyo placer más intenso es condenar a todo ser a ese mismo inevitable precipitarse en la nada que es el nuestro desde el instante mismo en que nacemos.
Todas las religiones han destruido –lo han intentado, al menos— cualquier residuo de los tiempos pasados. Toda religión impone un sentido al mundo; que la religión tome formas laicas –el progresismo histórico del siglo XIX, por ejemplo— nada cambia. Y, a partir del instante en que el mundo posee un sentido, todo cuanto precedió a esa apocatástasis es odiosa prehistoria que es preciso esterilizar hasta sus raíces, borrar aun de la memoria: sobre todo, de la memoria. Sueño intemporal de la revolución: hacer “del pasado añicos”.
El cristianismo destruyó, metódico, hasta el último templo pagano erecto. Roma borró Cartago. Savonarola soñó una Florencia depurada de todas las gozosas imágenes de Botticelli. El día de la Revolución Francesa, los insurrectos disparaban contra los relojes de las torres: era el fin del tiempo. En 1931, los surrealistas revolucionarios saludaban –el panfleto lo redactó el gran Paul Eluard— el sublime instante en el cual las iglesias se trocaban en obra de arte en el momento mismo en que las llamas las reducían a ceniza, con sus Riberas, sus Murillos, sus Zurbaranes o sus Philippe de Champaigne y Georges de Latour dentro.
No son salvajes los talibanes. Son algo mucho peor. Son lo único que permite a la especie humana ejercer la matanza gratuita. No son salvajes. Eso sería nada. Son lo infinitamente mortífero: teólogos.
Una nube de polvo. Un pesado granizo de grava que fue piedra. Y se acabó. Mil quinientos años que quedan en nada. Los Budas de Bamiyán no existen.
Y todo permanece idéntico.

Del pasado, añicos
En Tecnociencia
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