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Una victoria más de Putin

Hay dos Ucranias. Una pretende conservar su independencia y ve su futuro en Europa, libre y democrática. Otra, nostálgica del pasado imperial soviético, sólo pretende volver al seno de la madre Rusia. Víctor Yuschenko representa a la primera. El presidente Leonid Kuchma, a la segunda.

El enfrentamiento entre los partidarios de las dos opciones ha durado más de diez años. Ni unos, ni otros han podido encontrar la salida de la profunda crisis económica en la que se hundió Ucrania tras el colapso de la Unión Soviética.

Al parecer, al antiguo presidente ruso, Boris Yeltsin, no le importaba tanto el destino del país vecino. Pero la situación cambió con la llegado de su sucesor, Vladímir Putin, deseoso de restablecer el imperio. Unas poderosas fuerzas han sido activadas para que los ucranianos miren donde tienen que mirar: hacia Moscú. Primero, la mano derecha de Yuschenko, la brillante vice-primer ministra, Yulia Timoshenko, fue acusada por Moscú de corrupción. Kuchma la metió en la cárcel.

Luego fue una visita del mismo Putin a Dniepropetrovsk, feudo de las fuerzas prorrusas en Ucrania. Putin llegó con las manos llenas de regalos para los “hermanos menores”. Petróleo y gas ruso, contratos para las empresas ucranianas en crisis, besos y abrazos. Todo eso, a cambio de una cosa tan “insignificante” como el cambio de rumbo político.

Putin habló en Dniepropetrovsk del “gran hijo del pueblo ucraniano, Bogdan Jmelnitski”, que en el siglo XVII entregó Ucrania a la corona rusa. Kuchma le escuchaba atento y emocionado. ¿Será otro Jmelnitski?

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