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La lección del Tireless

Ha sido esta la semana de la marcha del Tireless. Es momento pues de sacar conclusiones sobre el que ha sido uno de los asuntos que más quebraderos de cabeza nos ha dado durante el último año. Al margen del riesgo real que entrañase el submarino, de las diatribas entre los políticos, y de las numerosas movilizaciones sociales habidas, creo que la estancia del "Yellow submarine" en nuestras aguas ha sido de gran utilidad.

En primer lugar, al permitirnos conocer la alta consideración que nos tienen los británicos y el pundonor con el que nuestros mandatarios preservan la dignidad patria (siendo especialmente afortunado aquel célebre rapto humorístico de Aznar). Prueba de lo alto que hemos dejado nuestro pabellón es que los británicos han dicho que no descartan repetir la experiencia si vuelve a averiárseles otro buque nuclear. Pero quizás lo más valioso que ha aportado el affaire, a mi modo de ver, ha sido el ejercicio didáctico del que hemos disfrutado viendo en acción al organismo que vela por la seguridad nuclear en España (y que en otros temas de mucho mayor riesgo -como por ejemplo, algunos que atañen a nuestras centrales nucleares- no había podido verse nunca escenificada de tal gloriosa manera y con tal eco público).

Fue apoteósica aquella rueda de prensa en la que el señor Kindelán, Presidente del Consejo de Seguridad Nuclear, dijo que "la seguridad nuclear se basa en la confianza", por lo cual había que fiarse de los ingleses. Impresionante documento. Y es que los ingleses, nos dijo Kindelán, no nos habían dado motivos para desconfiar ni nos habían engañado, sino que se habían "engañado a si mismos" (sic), sin darse cuenta. No mintieron cuando dijeron que iban a quedarse "unos días" (efectivamente: 353 días, son "unos días"). Ni cuando dijeron que era una avería de "poca" importancia (avería que obligó a retirar y revisar todos los submarinos de su serie, la serie "Trafalgar", para más señas). O cuando se habló de una pequeña fisura que resultó ser bastante grande (The Guardian publicó que pudo originarse una catástrofe camino del Peñón, por la cantidad de agua refrigerante que se vertió al mar). Tampoco conviene que caiga en el olvido que al principio el CSN se negó a solicitar inspeccionar el submarino "ya que no sabían nada de submarinos" y que, poco después, sin saber nada de ellos, se prestó a entrar en él, sin que los ingleses les dejaran ver poco más que su decoración.

En resumen, la experiencia del submarino, ha sido de gran utilidad educativa, al permitirnos comprender, entre otras cosas, el rigor que preside la labor del CSN (el organismo que, les recuerdo, dice vigilar nuestras instalaciones nucleares). Habría sido un digno colofón que, al partir de Gibraltar, el Tireless se hubiese llevado, como presente para su graciosa majestad británica, a algunos ilustres consejeros, dándoles ocasión de aprender más sobre submarinos. No olviden que lo que es pasado es prólogo.

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