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Eurovisión: Negros en Estonia

Un rubio y un negro con mucho ritmo se convirtieron el sábado en los ganadores del Festival de Eurovisión. Representaban a Estonia, aunque cantaban en inglés, y no aportaban ningún detalle que los identificara con su pequeña y fría nación. En la edición 46 de un festival de canciones que se resiste a morir, pocos participantes recordaban con sus trinos el país que decían representar, sino más bien los cuatro palos que suenan en las discotecas con menor imaginación. Pequeños territorios como Croacia, Malta, Eslovenia, o Estonia son muy suyos a la hora de separarse políticamente, pero en lo tocante al festival no hablan más que inglés y se mueven con sones llegados de tierras calientes.

Este año, los daneses, que son gentes más animosas que sus vecinos, llenaron el pabellón y fueron muy participativos. La gala estuvo bastante medida y no fallaron las conexiones. Los presentadores eran profesionales y hasta podían hacer juegos de manos. España, que podía haber sido Costa Rica, no quedó ni mal ni bien. Todo transcurrió como mandan los cánones, hasta que llegó la despedida –la de Uribarri, por supuesto- en la que el veterano profesional quiso dejar claro quienes han sido sus amigos en TVE. Después de haber hecho su tratado de geopolítica festivalera, pues él siempre trata el festival de Eurovisión como si fuera una cumbre de Jefes de Estado y lo que estuviera en juego fuera el futuro de las naciones, pidió un minuto para despedirse de los que lo han seguido desde hace cincuenta años en TVE y diez con Eurovisión.

Como un minuto da para mucho, unos cuantos millones de espectadores tomamos nota de lo agradecido que está a Ezcurra, García Candau y Ramón Colom, y lo poco que se acuerda de González Ferrari. El testamento de Uribarri cerró una etapa de la versión española de un festival zombi que vive con transfusiones de la multinacional del disco.

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