Se ha dicho muchas veces que la política es el arte de lo posible. Los buenos políticos se adaptan a la constelación de dogmas y creencias que sostiene la ciudadanía (las fronteras de lo posible), y en esos márgenes desarrollan lo mejor que pueden su programa. Pero los políticos excepcionales son los que consiguen extender las fronteras de lo posible más allá de donde ellos las encontraron. A este género pertenecen Ronald Reagan y Margaret Thatcher.
Thatcher, concretamente, se encontró con un país, Gran Bretaña, en franca decadencia después de treinta años de socialismo e intervencionismo. Los impuestos confiscatorios (la tasa marginal del impuesto sobre la renta superaba el 90%), la burocracia, la nacionalización de los principales sectores económicos y el poder de los sindicatos habían sumido al país en el estancamiento permanente. En pocos años, Thatcher consiguió que Gran Bretaña recuperara la senda del crecimiento, el optimismo y la confianza en sus propias fuerzas. La receta fue muy simple: más libertad individual, más mercado (privatizaciones), menos impuestos, menos burocracia y menos intervencionismo; todo ello respaldado por una extraordinaria firmeza y coraje moral. Su influencia fue enorme en Europa y en todo el mundo occidental, y si hoy disfrutamos de algo más de libertad y progreso, se lo debemos a ella en gran parte.
La prueba de ese ensanchamiento de los márgenes de lo posible la tenemos en Tony Blair, cuyas posiciones actuales, su propio partido hubiera calificado de ultraconservadoras hace menos de una década.
Blair se ha dado cuenta de que el mercado funciona y quiere privatizar parcialmente la educación y la sanidad, aun a costa de enfrentarse directamente al ala izquierda de su partido. “No habrá barreras, no habrá dogma ni intereses creados que se interpongan en nuestro camino para dotar a nuestro pueblo de los mejores servicios”, dice Blair en clara referencia a los lobbies de las burocracias sanitaria y educativa, última trinchera del socialismo colectivista; "...lo que nos interesa es que la sanidad funcione". El respaldo de los electores británicos a sus propuestas es inequívoco.
No obstante, Blair sigue siendo socialista. Defiende la financiación pública de la sanidad y de la educación, y el salario mínimo. Lo malo de las terceras vías es que son amalgamas de principios contradictorios entre sí, elaboradas con criterios políticos, no económicos. Si es verdad que el mercado funciona, no es necesario ni el salario mínimo ni la financiación pública de los llamados servicios sociales.
Pero, en cualquier caso, son preferibles los socialistas incoherentes (favorables al mercado según en qué áreas) a los liberales nominales (a quienes les falta valor para poner en práctica sus principios en determinadas áreas).
Tomen nota del ejemplo de Blair nuestros políticos y gobernantes –especialmente estos últimos– en lo referente a la sanidad y la educación.

Blair y la huella de Thatcher
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