Menú

Lamento del pobrecito terrorista

Presidente de una Palestina independiente y pacífica, Yassir Arafat sería aproximadamente tan influyente en política internacional como el alcalde de Albacete. Quizá un poquitín menos. Pero casi, casi. Caudillo inelecto y de por vida, el más importante jefe terrorista del último medio siglo puede codearse con la alta aristocracia del poder mundial. Exactamente como si fuera alguien. Alguien civilizado, digo. No el asesino en masa de la Olimpiada de Munich. No el exterminador de todos cuantos hombres fuertes de su banda pudieron hacerle sombra a lo largo de cuatro décadas. E incluso disfrutar de un lujo que a ningún otro ciudadano del planeta le ha sido otorgado: exhibir un revólver en la Asamblea General de la ONU en el tan imperialista Nueva York y no dar con sus huesos en Sing-Sing para un buen rato.

Debe entenderse el drama. Si un día esa maldita absurda guerra palestina cesa, si un día los piadosos padres musulmanes dejan de poner a sus hijos de pantalla para que paren las balas que responden a las de sus ametralladoras cargadas por el Dios Misericordioso, si un día la sociedad palestina aprende que no se puede pretender tirar al mar al país que, entre otras cosas, te proporciona los tres cuartos de tus ingresos salariales, ¿qué quedará del pobre heroico rais? Un histrión senil, haciendo en su memoria el épico recuento de su fenomenal cúmulo de muerte y ruina. Ante tan dolorosa perspectiva, nada hay de extraño en que el entrañable padre de la patria prefiera ver despanzurrados a sus niños-escudo, de ser posible ante las cámaras de la tele y en directo.

Hace apenas diez meses, Israel regaló, absolutamente gratis, a la autoridad palestina una independencia sin comparación más ventajosa de lo que jamás Arafat alguno pudiera haber soñado. ¿Su único inconveniente? Era un regalo. Ninguna heroica inmolación de creyentes hubiera habido que pagar por ella. Y, de la noche a la mañana, Arafat hubiera sido sólo eso: el reyezuelo vitalicio de un ridículo territorio, hundido por él mismo en la miseria. ¿Puede acaso reprochársele que prefiera la muerte? De los hijos de los otros, por supuesto. Alá es grande. Arafat, mucho más.

En Portada

    Servicios

    • Radarbot
    • Curso
    • Inversión
    • Securitas
    • Buena Vida
    • Reloj