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La cerrazón de Schroeder

La visita del canciller alemán Schroeder a Viena ha desatado la controversia en torno a su capacidad para discernir entre su ideología y su cargo. Schroeder, jefe de los socialdemócratas alemanes (SPD), ha optado por dedicar la mayor parte del viaje de 20 horas a reunirse con representantes de la oposición y sólo una hora a hacerlo con su homólogo Schuessel, jefe de la coalición gubernamental formada por el ÖVP (Partido Popular Austríaco) y el partido ultraconservador de Haider, FPÖ (Partido Liberal Austríaco). Además, la visita “oficial” de tres días programada en la Cumbre de Niza se ha reducido a un tercio de lo previsto y transformado en un simple visita “de trabajo” a sus colegas socialdemócratas austríacos.

Lo cierto es que, desde que se constituyó la coalición austríaca a principios del 2000, el Gobierno de Schroeder ha sido uno de sus más acérrimos refutadores y principal abanderado del boicot contra el país alpino, a pesar de los vínculos lingüísticos, económicos e históricos existentes entre ambos países. Algunos han calificado las prioridades del programa de Schroeder como una continuación de la política de sanciones contra Austria, pero aplicando nuevos métodos.

Con este trasfondo, el tema central de la entrevista entre ambos cancilleres ha sido precisamente la oposición española a la moratoria de seis años para la libre circulación de personas en caso de ampliación de la Unión Europea, un asunto en el que ambos defienden una postura común por temor a verse desbordados ante una avalancha migratoria procedente del este.

Vasto tema para tan poco tiempo. Pero, aunque todavía se desconoce si la reunión tendrá repercusiones para los intereses españoles en torno a los fondos estructurales y de cohesión de la UE después del 2006, lo que ya se sabe es que las rencillas ideológicas que, a menudo rozan lo personal, obstaculizan el diálogo constructivo a nivel intergubernamental. Por ello, sería deseable que, al menos entre países miembros de la Unión Europea, los más altos representantes gubernamentales actuaran distinguiendo entre sus convicciones ideológicas y la responsabilidad adquirida a través de su cargo público. Al fin y al cabo, ya no estamos en la Edad Media.

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