En la ciudad que el sol aploma a martillazos, pocas cosas merecen el esfuerzo sobrehumano de abandonar la siesta. No el debate –el llamado debate– de la nación, desde luego. Ése, ni a los entusiastas asalariados de la Carrera de San Jerónimo sacará de una siesta, en su caso, crónica.
Consensuado, ¿cómo no?, entre los dos sujetos que, a su arbitrio, deciden de las cosas públicas, llamar a eso un debate es una broma pesadísima. “Debate consensuado” es un oxímoro. O se debate o se consensúa. Pactar los términos y límites de algo que sigue disfrazándose bajo la designación de debate es tan ridículo cuanto sería consensuar la resolución de una ecuación de tercer grado.
Ridículo. O tongo.
Lógico, sin embargo. Llegado al poder sobre la cresta de la indignación ciudadana tras trece años de robo y crimen felipistas, el PP conservó algún tiempo su retórica de regeneración. No mucho. Justo el imprescindible para no mosquear al electorado antes de tiempo. Luego, entendió lo que había en juego. Lo que sólo se entiende de verdad cuando se tiene en la mano los engranajes de la omnipotente máquina que es el Estado moderno. Supo que bastaba quitarse al aparato judicial de en medio para ser invulnerable. Y que lo primero que hace un político de final del XX e inicio del XXI, tras llegar al poder, es ponerse por encima de la ley. O sea, fuera de la ley. Legalmente. Por supuesto.
Convenientemente “consensuada” también ella, La Ley Orgánica del Poder Judicial consagró eso. Los partidos nombrarán a los jueces (seguirán haciéndolo). Serán impunes, por tanto (seguirán siéndolo). La sensata decisión (que sea anticonstitucional a nadie preocupa) beneficia a todos: a PP como a PSOE. Nunca más, el espectáculo de un político juzgado como un ciudadano cualquiera. A fin de cuentas, el nuevo milenio nace con la total disolución de cualquier diferencia programática entre partidos. Intercambiables, sin que nada su permutación altere. Casta de privilegiados que se turnan sólo para poder compartir equitativamente el beneficio a que el estado da derecho. Casta de impunes.
¿Hablar de corrupción? ¡Qué disparate! ¿No se enriqueció, al fin, Piqué bajo un Gobierno PSOE? ¿Y no es un Gobierno PP quien deja al delincuente Barrionuevo fuera de la cárcel?
Juego retórico perfectamente fofo, a nadie sustraerá de su respetable siesta eso a lo cual políticos que nos toman por perfectos idiotas siguen llamando “debate”. El sol aploma con su maza gomosa la ciudad. Y es dulce ignorar empecinadamente el blablablá de esos tipos insufribles. Bla bla bla. Con cargo a mis impuestos.

¿Debate? ¿qué debate?
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