Uno de los mayores problemas ecológicos planetarios es el de la contaminación química, tanto por sus efectos sobre la naturaleza, como sobre la salud de las personas. En estos momentos, diversas organizaciones urgen al Ministerio de Asuntos Exteriores español a agilizar la ratificación del Convenio de Estocolmo, firmado en mayo pasado, y que persigue la eliminación de las doce sustancias químicas más tóxicas que se conocen: la "docena sucia" de contaminantes orgánicos persistentes.
Dicho así, a muchos les sonará a chino. Sin embargo, pocos seres humanos escapan a tenerlos incorporados en sus cuerpos en mayor o menor medida. Son ocho pesticidas (entre ellos el DDT), dos productos industriales (como el hexaclorobenceno y los policlorobifenilos), y dos residuos indeseados de la actividad industrial (las dioxinas y los furanos). Sustancias muy volátiles, capaces de transportarse a grandes distancias a través del aire o el agua, y muy persistentes (se acumulan en los tejidos de los seres vivos).
Como ejemplo de su capacidad de desplazarse están los problemas sanitarios (especialmente reproductivos) que padecen determinadas poblaciones de esquimales del Ártico por la concentración de tóxicos como los PCB en sus tejidos. Estos productos se utilizan y generan a miles de kilómetros de distancia, pero se dispersan por la atmósfera y tienden a condensarse en zonas frías (como los polos y las cimas de las montañas). Los PCB han sido generosamente empleados como líquidos aislantes en instalaciones eléctricas.
Las dioxinas, que saltaron a la fama con la crisis de los pollos belgas, son residuos industriales de alta toxicidad emitidos en procesos de combustión de acerías, incineradoras, cementeras, etc. Hace poco, informes de la OMS situaban a España como uno de los países de la UE con mayores concentraciones de dioxinas en la leche materna. Un informe de la Comisión Europea más reciente, además de criticar a España por su deficiente información sobre las fuentes emisoras de dioxinas, denunciaba que en nuestro país se daban índices altos de exposición a estos compuestos a través de la dieta. El DDT, a pesar de que esté prohibido en algunos países, sigue presente en nosotros. Hace poco, por ejemplo, estudios de la Universidad de Murcia, detectaron presencia de metabolitos del DDT (como el DDE) en placentas de parturientas y en la grasa de recién nacidos del sureste español.
Todo esto es sólo un pequeño botón de muestra. Son datos objetivos que no deben servir para el alarmismo fatuo, pero si para que nos demos cuenta de una realidad sobre la que hay que actuar con decisión. Estos tóxicos son asociados por muchos estudios científicos a daños hormonales, nerviosos, inmunológicos y reproductivos, así como a la incidencia de diversas clases de tumores. Es por ello que la comunidad internacional firmó hace poco ese acuerdo para su eliminación (tras varios años de discusiones). Sin embargo, el camino desde que se llega a un acuerdo hasta que es ratificado por los países es aún más tortuoso. Y más aún hasta que, una vez ratificado, se llega a la eliminación real de esas sustancias.
Es por eso que se le reclama ahora urgencia al Gobierno español para que lo ratifique. Y el que debe iniciar los trámites es el Ministerio de Asuntos Exteriores, cuyo titular, Josep Piqué, fue presidente de Erkimia, una de las empresas que más han contribuido en España a la generación de sustancias de ese tipo. Sería un detalle por su parte mostrar diligencia en el tema. Esperemos que no le distraigan otras preocupaciones que también tienen que ver con su paso por algunas empresas.
En cualquier caso, resulta increíble que la Humanidad aún no halla sido capaz siquiera de eliminar las doce sustancias reconocidas como más tóxicas y que, previsiblemente, hayan de pasar aún muchos años para ello, cuando en realidad pueden ser centenares --lo dicen los expertos-- las sustancias con graves efectos ambientales y sanitarios.

La docena sucia
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