Menú

Sentido único

Y, sin embargo, podría casi reconocerme en los chavales de Barcelona. Treinta años hace. La misma impávida afirmación en el sentido de la historia, el mismo peso grave de cuatro demasiado transparentes evidencias, la misma cercanía del asalto del cielo. Veo sus rostros y sus gestos en las fotos. Puedo fantasear con un continuum que no existe. Miente la anécdota que finge, en éstos que rompen lanzas –y algún que otro escaparate— contra la “globalización”, un linaje y un legado: el del 68. Miente

Fallida, fingida tal vez, fue la de 1968 una insurrección. Revolucionaria. Estación término de una retórica que puebla el siglo XIX de esperanzas fantasmales, cuyas sombras se alargan sobre los dos primeros tercios del XX. Mas en la revolución se está tan sólo allá donde la determinación material es puesta. Allá por donde Marx pasó irrevocablemente y aprendimos todos que no hay voluntad ni deseo que tuerza la nebulosa de las causas que trastrueca el mundo. No hay retorno. Soñar paraísos anacrónicos, anclados en un tiempo mítico ausente del tiempo, pudo aún fascinar a algunos de los grandes fabuladores del siglo XVIII. Conmovedor aún en Rousseau o en Meslier, el buen salvaje naufraga tristemente en el ridículo, luego que la revolución –la de verdad, la de 1789— haga saltar por los aires utopías y ensoñaciones. La fanfarria de los neobucólicos –verdes como antiglobalistas— , en este aburrido final del siglo XX, tiene un frustrado tinte de suplencia. Perdida la revolución, los nostálgicos del paraíso perdido sueñan con el retorno a un primitivismo pre-industrial, a la medida de sus atrofiados cerebros.

“Contra la globalización” sólo se puede estar desde una nostalgia del feudalismo que es –que sólo puede ser— confusa mística que no sabe su nombre. Desmoronado el capitalismo de Estado, que a sí mismo se diera nombre de socialismo, transparente el horror de su mortífera herencia, ¿a dónde volver los ojos cegados por la luz definitiva de un tiempo náufrago de cualquier épica? A ningún sitio. A la desolación inteligente de saber y de saberse perdidos y de preferir mil veces ese estar en la derrota, antes que retornar al campo de cadáveres que sembró el sueño de forjar paraísos en la tierra. Nunca más.

Veo sus rostros. Y podría, es verdad, soñar que heredan algo nuestro. Treinta años luego. Pero no. No me engaño. No es la revolución. Es el más contrarrevolucionario de los empeños: retornar al mundo de antes de este mundo. Pero en ese mundo de antes de este mundo sólo caben fantasmas.

En España

    0
    comentarios

    Servicios

    • Radarbot
    • Curso
    • Inversión
    • Securitas
    • Buena Vida
    • Reloj Durcal