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El orujo

Nadie habría oído hablar de los benzopirenos (más allá de círculos especializados) de no ser por la medida adoptada por Celia Villalobos contra el aceite de orujo de oliva. Alguien tuvo hace unos cuantos años la idea de usar disolventes artificiales para, con ayuda de altas temperaturas y subvenciones de la Administración, extraer el aceite que quedaba en los restos de las aceitunas a las que ya se había exprimido el aceite de oliva virgen. Así --introduciendo química artificial en el circuito de la química natural-- nació el famoso aceite de orujo en compañía de los benzopirenos (que, nos dicen los expertos, están en otros muchos alimentos, en el humo del tabaco o en las emisiones de una industria papelera, por ejemplo).

La forma de actuar contra el problema, por parte de doña Celia Villalobos, que ha puesto en un brete injustificable a todo el sector del aceite de oliva (que hay que distinguir del aceite de orujo en concreto) ha sido muy torpe. Pero más allá de ello --que sin duda merece ser criticado-- ¿podemos afearle a la Ministra de Sanidad que actúe a favor de la salud de los ciudadanos? Otra cosa son las declaraciones contradictorias, como las del viernes tras el Consejo de Ministros, como eso de decir que la salud de los ciudadanos no ha corrido ningún peligro. ¿Entonces por qué se ha retirado ese aceite? Y para poner la guinda nos dice además José Cabrera, jefe del servicio de Información Toxicológica, que el consumidor se halla “rodeado de cancerígenos constantemente y que hay muchos cancerígenos cuya existencia de desconoce” y que la Administración tan sólo puede realizar análisis puntuales aleatorios de algunas partidas de productos.

¿Cuántas crisis similares surgirían si se realizaran más exámenes? Los científicos se pasan años alertando, pero nadie les escucha. En este tema del orujo, por ejemplo, el Consejo Superior de Investigaciones Científicas llevaba tiempo avisando sin que se les hiciera caso. En realidad, temas como este o el de las vacas locas o los pollos a la dioxina, son sólo puntas de un iceberg. La cuestión de fondo --se quejan los expertos-- es que no se adopta una política preventiva adecuada para la utilización o la puesta en el mercado de sustancias químicas, como esos disolventes usados en la obtención del aceite de orujo.

Pero de esto no se hablará y los árboles no nos dejarán ver el bosque. Así, una y otra vez, iremos de susto en susto, de crisis puntual en crisis puntual, sin relacionar lo que tienen en común. ¿A nadie le llama la atención que últimamente vaya goteando tanto titular sobre temas de contaminación alimentaria: pollos con dioxinas, vacas locas, tóxicos en los peces o en la leche materna, residuos de pesticidas en frutas…?

La Humanidad ha creado más de cien mil nuevas sustancias químicas puras que no existían en la naturaleza y sobre cuyos efectos biológicos apenas se ha estudiado nada antes de ponerlas en el mercado. Muchas de ellas causan daños sanitarios. Mientras no se adopte una política preventiva que impida que la industria química las ponga en el mercado sin demostrar antes fehacientemente y tras años de estudios su absoluta inocuidad, cada vez serán más frecuentes titulares inquietantes (y eso a pesar de que lo que se publica suele ser menos de lo que hay, porque no se conoce o porque se oculta, por eso de no alarmar). Es evidente que no hay que alarmar sin motivo, pero no hacerlo cuando hay motivos es mucho más grave.

Cada año --lo dicen científicos de gran prestigio, como Carlos Soneschein, de la Universidad de Tuffs, Boston-- se crean mil nuevas sustancias artificiales que entran al mercado ( y, por ende, en nuestro aire, aguas, suelos y, finalmente, cadena alimentaria) sin haber demostrado adecuadamente su inocuidad para los seres vivos. El trasfondo del tema es un conflicto, más o menos soterrado, entre la química de la Biosfera y la química de la “tecnosfera”, que unas veces aflora de una forma y otras de otra. Esta vez ha sido con el orujo y el gracejo de doña Celia. ¿Cuál será la próxima?

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