El clima del planeta está en juego hasta el próximo día 27 en Bonn, donde se está celebrando la sexta reunión de las partes firmantes del Convenio de la ONU sobre el efecto invernadero. El tema en cuestión es si el acuerdo firmado en 1997 en la ciudad japonesa de Kyoto tiene futuro, después de que el principal causante de las emisiones a las que se atribuye el cambio climático –EEUU– haya decidido quedarse al margen. La Unión Europea, que lidera el apoyo a Kyoto y querría que entrase en vigor el año próximo, intentará buscarse apoyos para que pueda ser así. Si consiguiese que un 55 por ciento de los países ratificaran el acuerdo y que esos países totalizaran a la vez el 55 por ciento de las emisiones, podría entrar en vigor sin el apoyo de los Estados Unidos. Especialmente crucial es Japón, país que ha mostrado cierta ambigüedad (aparte de proponer mecanismos muy discutidos, considerados auténticas trampas, como utilizar los bosques como “sumideros” de dióxido de carbono).
Australia ya ha dicho que no ratificará Kyoto alegando que no tendría sentido si el principal contaminador no lo hace (sin embargo no se priva de anunciar pintorescas medidas como una vacuna para evitar las flatulencias de sus vacas, que emiten metano, otro de los gases causantes del problema). Canadá también quiere utilizar los bosques como supuestos “sumideros” del CO2. Frente a países como estos, la UE sí querría acometer una reducción real de emisiones industriales e intentará sumar porcentajes granjeándose el apoyo de Japón, Rusia, Suiza, y países del centro y este de Europa, entre otros, con los que superar el porcentaje preciso. El objetivo es difícil y existe, además, el riesgo de que para ganarse estos apoyos la UE tuviera la tentación de tolerar auténticas trampas, como la de considerar que los bosques ya absorberán algo del CO2, cosa sin fundamento científico (la capacidad de absorción de los bosques es muy pequeña y, además, existe un proceso fuerte de deforestación).
Y en medio de todo este maremagnum, un centenar de las principales empresas mundiales de energía nuclear han dirigido una carta abierta a los gobiernos del planeta postulándose como energía “limpia” frente al cambio climático. Singular “ecologismo” el de estas empresas que, por otra parte, suelen ser las mismas que participan en otras formas de energía como la térmica de carbón, gas o petróleo, que sí generan emisiones de C02. Las mismas empresas que, en este último caso, niegan el cambio climático, pero que, para defender la energía nuclear dicen que sí existe presentándose como un remedio. Un poco de seriedad, por favor. Y todo dejando a un lado lo “segura”, “limpia” y, sobre todo, “barata” que es la energía nuclear (especialmente en contextos de pseudo competencia y de inyección masiva de ayudas al sector, se disfracen como se disfracen, para compensar graves ineficiencias de gestión).
Si la mayor parte de los países desarrollados están en un proceso de estancamiento o abandono de esta clase de energía es, sobre todo, por cuestiones económicas (aparte de por que la mayoría de la población, como sucede en España, esté en contra). En un verdadero libre mercado –sin posibilidades de ayuditas y con las empresas haciendo frente a pelo a los costes de los residuos, las reparaciones, etcétera– veríamos si algunas compañías mostraban tal entusiasmo. La cosa está muy mal para los gobiernos, expertos y personas de a pie que tienen una sensibilidad hacia las cuestiones ambientales. Y no sirven de demasiado consuelo posiciones teóricamente beligerantes contra el problema por parte de nuestro “Bush” particular (o más concretamente “Bushes”, en plural, o sea Matas en español) cuando España es el país europeo que encabeza la violación de los acuerdos que dice defender.
Y todo cuando lo que se acordó en Kyoto, un cinco por ciento de reducción de gases, respecto a lo que se emitía en 1990, era un acuerdo de unos mínimos muy mínimos, ya que la comunidad científica defendía porcentajes al menos cuatro veces superiores de reducción. Si ahora la UE, para conseguir apoyos y firmar un protocolo descafeinado, da por buenas toda clase de trampas como los sumideros o el comercio de emisiones, estamos apañados.
Aunque es posible que la inmensa mayoría de los científicos y de los gobiernos del mundo estén equivocados y lo del cambio climático no sea para tanto. Quizá el que tenga la razón sea el señor Bush, investigado ahora por el Congreso de su país por sus conexiones petroleras. Seguramente sea una lumbrera que va a sacar a la humanidad, incluida la Academia de Ciencias de su propio país, de su tremendo engaño inaugurando una nueva era sin la insidiosa preocupación por tener un planeta habitable.

Cumbre del clima
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