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La traición de Putin

El acuerdo entre Bush y Putin para incluir el escudo espacial en las negociaciones de seguridad tomó por sorpresa a los medios informativos y a los políticos demócratas norteamericanos que se han quedado, de repente, desarmados en su lucha contra el tontorrón aislacionista que, según ellos, ocupa la Casa Blanca.

La interpretación general de la prensa norteamericana, fielmente seguida por las izquierdas europeas, era que Bush se estrellaría ante la exquisita habilidad del experto en espionaje Vladimir Putin, el ex jefe de la KGB que, después de haberlo entusiasmado para que en su anterior reunión dijera que confiaba en él, le haría quedar en ridículo poniendo de relieve la simpleza de sus ideas.

A fin de cuentas, razonaban, Putin tiene aliados importantes que le permiten aplastar a Bush: los demócratas que ahora controlan el Senado y frenarán su programa de defensa espacial y algunos aliados de la Otan, como Francia y Alemania, que no paran de expresar su horror ante ese hijo de papá que ocupa la Casa Blanca y tiene la arrogancia de "escorarse hacia la derecha".

Pero Putin, en vez de apoyarse en Chirac o Schroeder, o en el líder del Senado norteamericano, el demócrata Tom Daschle que acusó a Bush de aislacionismo cuando comenzaba el viaje, se inclinó ante el poder y la esperanza de ayuda económica y además de mostrarse dispuesto a explorar un acuerdo para el escudo espacial, incluso ha cometido la traición de admirar el "pensamiento profundo" de Bush.

Criticado por quienes habrían de defenderlo, Bush encuentra apoyo en la Europa del Este y en Moscú. Unos no quieren ser socialistas y los otros quieren ser ricos: son momentos amargos para la progresía.

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