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La paranoia del pasado estalinista

Se conoce de sobra que todos los dictadores del mundo o, diciendo de forma más diplomática, dirigentes de orientación autoritaria, tienen una cierta atracción mutua. El líder norcoreano, Kim Jog Il, y su “amigo más íntimo”, Vladímir Putin, no son ninguna excepción. Eufórico con recibir en el Kremlin al “querido dirigente” de los coreanos, Putin mandó limpiar los monumentos a Lenin en la capital rusa, ensuciados por los excrementos de paloma y las pintadas insultantes de los demócratas. Ordenó también volver a colocar a los guardias de honor del mausoleo de Lenin, lugar de peregrinación de su ilustre invitado.

Los rusos, especialmente los mayores, reviven estos días las imágenes que les recuerdan el pasado estalinista. Son las impresionantes medidas de seguridad a lo largo de todo el trayecto transiberiano: miles de agentes vestidos de paisano –coreanos y rusos–, tráfico cortado, horario de trenes cambiado, pelotones de soldados a cada paso. El “líder” del país comunista-hermano, vestido con uniforme de corte bolchevique, realiza “clasicas” visitas a las fábricas y granjas, elogia los “logros” conseguidos por el pueblo ruso gracias a la sabiduría de su “entrañable dirigente y padre” Putin.

En cuanto a los resultados prácticos de esta visita, los mismos políticos rusos advierten de que no habrá ninguno. Al contrario, avisan contra los posibles malentendidos y las “bromas” que se permite el dirigente norcoreano. En este sentido, se recuerda la visita de Putin a Corea el año pasado. En aquel entonces, Kim le prometió congelar su tristemente célebre programa balístico. Al pasar unos días, mientras Putin fardaba de su “éxito” diplomático, el líder coreano anunciaba que fue una broma y se quejaba de que su “queridísimo y único amigo” no entendía las bromas.

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