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Visones: la invasión zoológica

Días atrás se escapaban miles de visones americanos de una granja peletera turolense. No entraremos aquí en lo que opinemos o no de los abrigos de pieles o del trato que se dé a estos animales en las granjas. Tampoco en quién puede haber protagonizado el hecho. Si ha sido por motivos de “protección” de los animales, desde luego se ha lucido. Podría decirse mucho acerca de cómo la sensiblería de algunos mal llamados ecologistas puede hacer incluso más daño a la naturaleza que la insensibilidad de otros. Y es que este tema, más allá de otras consideraciones, entra de lleno en uno de los principales problemas de la naturaleza española: el de la introducción de especies exóticas o, como dirían los técnicos, alóctonas (lo contrario de autóctonas).

El número de especies invasoras, procedentes de otras áreas del planeta, aumenta de año en año en España, poniendo en peligro de extinción o perjudicando seriamente a muchas de nuestras especies autóctonas (los ecologistas dicen que casi un 40 por ciento de las extinciones habidas desde el siglo XVII se deben a esta causa). Es un fenómeno antiguo, pero que se ha disparado recientemente (digamos que es otra de las consecuencias de la globalización). A las introducciones de hace siglos (carpa, camaleón, gineta…) se suma ahora una oleada incontrolada.

En nuestro país, y la cifra probablemente pueda ser corregida al alza, habría al menos 44 especies de vertebrados introducidos (esto es, traídos de fuera), entre ellos 20 peces, 13 aves, 7 mamíferos –como el famoso visón americano, o los gamos, muflones, arruis o incluso el coipú–, 2 anfibios y 2 reptiles. Un siete por ciento de las especies de vertebrados presentes en territorio nacional son alóctonas. Predan, compiten por el espacio y el alimento, se hibridan con algunas de nuestras especies, traen parásitos y enfermedades, alteran los procesos ecológicos y reducen la calidad ambiental.

Es una auténtica guerra biológica, entre la naturaleza autóctona y las especies introducidas. Llegan a nuestros campos desde granjas y criaderos, como sucede con los dichosos visones, los cocodrilos (que algún susto han dado ya en alguna zona del país) o las ranas toro, que se comen a nuestras ranas verdes. O son mascotas como serpientes, monos, loros o tortugas que acaban en libertad. Son codornices japonesas que se cruzan con las nuestras, cotorras de Kramer que vuelan por nuestros bosques y parques, cotorritas grises (como las que crían en la Casa de Campo o en el sureste madrileños), picos de coral, bengalíes rojos, o el célebre caso de las malvasías del Caribe (que amenazan la existencia de los patos malvasía españoles).

Especialmente grave es lo que está sucediendo con los peces exóticos, cuyo número está creciendo exponencialmente, siendo una de las principales causas –según el CSIC– de extinción de los peces autóctonos. La mayor parte de las liberaciones han sido intencionadas, por parte de la propia Administración, y en menor medida por particulares, así como por la acuicultura y la acuarofilia.

Actualmente, cerca de un tercio de los peces de los ríos españoles son introducidas. A finales del siglo XIX se introdujo la trucha arco-iris, el salvelino y el gobio. En los años diez y veinte el rutilo, el pez sol, la gambusia, el gardí y el pez gato. Luego vendrían otros como el huchón, el temible lucio, el monstruoso siluro, el fúndulo, la perca, la lucioperca y la perca americana. ¿Y que decir de las pirañas que se han encontrado en algún estanque?. Por no hablar de las introducciones de otros tipos de animales como los famosos cangrejos americanos.

Las soluciones son difíciles, algunas prácticamente imposibles, otras impopulares. Pero deben abordarse. El riesgo es, con frecuencia, la desaparición de especies autóctonas, y, por tanto, la pérdida de diversidad biológica, el riesgo de que la naturaleza se trivialice y se uniformice, que al final nos dé igual estar en un continente que en otro porque en cualquier sitio veamos las mismas especies. Una tendencia a los monocultivos que –al igual que sucede con los monocultivos ideológicos– son indeseables.

Los ecosistemas son como castillos de naipes, cuyas piezas llevan ahí con frecuencia millones de años, apoyándose una a otras. Mover esas piezas o introducir otras nuevas puede desestructurarlo todo con consecuencias imprevisibles (en lugares como Australia, zona especialmente castigada, saben bien los devastadores efectos –con terribles consecuencias económicas– que puede tener una cosa tan tonta como, por ejemplo, soltar unos conejos ,simpáticos animalitos oriundos de España).

La suelta irresponsable de estos visones americanos, por ceñirnos a lo más reciente, equivale a un incendio biológico, o zoológico, muy difícil de apagar. Basta que un pequeño grupo de visones sobreviva para que comiencen a extenderse, siendo luego muy difícil o imposible eliminarlos. En este caso, lo más ecológico es, paradójicamente y aunque suene mal, el exterminio. En cualquier caso más valdría prevenir que curar y endurecer el control de las actividades que puedan dar lugar a estos problemas.

Y que nadie busque comparaciones con los fenómenos humanos. El que por España hallan pasado fenicios, griegos, cartagineses, romanos, árabes, godos, y demás es algo que enriquece nuestra cultura, dotándola de diversidad, de ductilidad, de inteligencia colectiva en suma. Todo lo contrario de lo que sucede con el fenómeno biológico que nos ocupa, que tampoco tiene nada que ver con que tengamos tantas especies de cultivo o ganaderas que proceden de fuera. Estamos hablando de liberaciones de seres vivos absolutamente indeseables, con frecuencia no buscadas o no bien calibradas, y que causan auténticos estragos.

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