“...Grandes mariposas se posaron sobre los guerreros muertos y los vencedores dormidos...”: André Malraux evoca la ancestral leyenda india, en tiempos del ascenso fascista sobre Europa: “gran cementerio en el cual duermen ya sólo los conquistadores muertos”.
Hubo Auschwitz. Y fue apenas una deducción lógica. Un apéndice y casi un pleonasmo. El horror estaba ya, completo, en el principio: allá donde alguien formuló que la defensa del destino propio, de las propias patria, lengua y sangre, es anterior a derecho.
Porque el fascismo no es una anécdota fechada. Es la tentación perenne del Estado moderno. El fruto político más propio del siglo veinte. Europa busca confortarse dándolo por cosa del pasado, cascote arqueológico visitable en los museos. Es peligroso engañarnos así
La nuestra es una sociedad de zombis. A veces son sacados de sus nichos de televisor siempre enchufado. Gritan, entonces, lo que es preciso que se grite. Aquello en lo cual el placer de la identificación emerge: ¡Libertad para Galindo!, o bien ¡Olaia Gudari! Variaciones monótonas sobre un único oxímoro: ¡Viva la muerte! A eso llamo fascismo: placer de identidad, placer de muerte.
Contemplo a quienes matan y se hacen matar, en nombre de la patria (vasca o lo que sea) con la larga melancolía de quien nunca aprenderá a resignarse. Pienso en una perdida Europa de ideal ilustrado. La del Malraux que, contumaz, sabe que “el humanismo no es decir: esto que yo hice ningún animal lo haría. Sino decir: hemos rechazado aquello que, en nosotros, quería doblegarse ante la bestia.”
La bestia está en nosotros. Su nombre es muerte. Y sé que libertad sólo es no doblegarse, luchar, sin tregua ni esperanza, contra ella. Perseverar, ojos abiertos y serenos, al misterioso silencio que sigue a la batalla, a ese revuelo otoñal de mariposas sobre “guerreros muertos y vencedores exhaustos”, evocado un bello texto que duerme, al tedio de agosto, en su umbrío anaquel de mi biblioteca.

¡Viva la muerte!
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