Escribo estas líneas reponiéndome de la dura ascensión que he realizado estos días al Monte Perdido, una de las mayores alturas, con sus 3.355 metros sobre el nivel del mar, de la cordillera pirenaica.
Obviamente tal subida no tiene excesivo mérito, si se compara con las que hacen los montañeros de verdad, aquellos que suben las cumbres del Himalaya o, para no irnos tan lejos, algunas cimas de los Alpes. Aunque teniendo en cuenta mi estado físico, el implacable sol que me achicharró en todo momento, el peso de la mochila, etc., no cabe duda de que para mi ha sido una pequeña proeza. Un logro probablemente inútil y absurdo. No sé qué tienen las montañas. Debe ser algún oscuro hechizo. No creo que sea masoquismo. Pero, pese al sufrimiento, pese a que hay momentos en que uno cree que no puede más, hay algo desconocido que te impele a seguir subiendo.
Quizá la montaña sea una metáfora de la existencia humana. La montaña es una escuela. Quizá por eso Giner de los Ríos promovió el montañismo dentro de la educación. Miguel de Unamuno, en Por Tierras de España y Portugal , manifestó su admiración por las montañas de Gredos, aquellas en las que un día, según nos contaba, se le apareció “el Dios de la Patria, el Dios de España” tronando y relampagueando sobre los picachos, como les sucediera a los israelitas en las cumbres del Sinaí. Una de las cosas que más valoraba don Miguel, es que allí no había periódicos (y no sabe cuán sentidamente tiene uno, metido en este mundillo mediático, que darle la razón).
Pero, como decía, subir el Monte Perdido (pese a los beneficios espirituales que pueda haberme reportado, difícilmente trasladables con palabras) no es ninguna hazaña. Prueba de ello es la cantidad de personas, de diversas nacionalidades, que me encontré en la cima. Mientras subía y en la cumbre, iba uno escuchando a personas que hablaban en francés, alemán, inglés, e incluso me pareció escuchar algún lenguaje del este de Europa, aparte del español, claro está.
Gracias al castellano pude pedirle a una guapa mocetona española, a la que poco antes había escuchado hablar en vascuence con su compañero, que me sacase una foto (“para la posteridad”, le dije, bromeando). Gracias al español. Aunque lo cierto es que allí arriba, obviamente, aquella porción de la Humanidad trascendía (o uno podría soñarlo así) fronteras idiomáticas.
Pero más allá de estas consideraciones, lo cierto es que había demasiadas personas, incluso algún niño, en un lugar de tan difícil acceso. Cuando ya había descendido al refugio que hay al pie de la montaña supe que una chica se había fracturado una pierna, creo que bajando. Luego vi llegar al helicóptero de rescate.
La masificación, incluso de las más inhóspitas cumbres, es hoy una realidad. Lejanos están ya los tiempos del francés Briet, o los del Marqués de Villaviciosa, que tanto contribuyó para que, en 1918, se crease el Parque Nacional de Ordesa. Mucho ha llovido, mucho han crecido los pinos silvestres y los pinos negros de este valle, uno de los más hermosos del Pirineo. Mucha agua habrá llevado el río Arazas, desplomándose en la cascada de la Cola de Caballo, o en las Gradas de Soaso, o en las otras muchas del valle. Muchos rebecos, como uno que me topé al atardecer en un hayedo, habrán bajado con la fresca a abrevarse. Muchos quebrantahuesos habrán surcado sus aires, muchas marmotas habrán corrido a esconderse bajo las rocas, muchas chovas piquigualdas habrán inundado con sus voces las profundas gargantas de estas montañas; generaciones de tritones pirenaicos, habrán nacido y muerto en sus aguas cristalinas,… Ignorante el valle de Ordesa de cómo crecía su fama, llegando a las más lejanas ciudades, y haciendo crecer de año en año el caudal de visitantes.
Es evidente que todos tenemos derecho a conocer y visitar esa gran escuela de la Naturaleza, pero también lo es que tenemos la obligación de conservarla. La masificación en las aulas, puede deteriorar la enseñanza e incluso echar a perder la propia escuela. Cada año crece el número de visitantes a nuestros parques nacionales y a otros rincones privilegiados de nuestra geografía. Todos, comenzando por los poderes públicos, tenemos que desarrollar soluciones imaginativas para que no se deteriore este importante patrimonio cultural. Y es que, no lo olvidemos, a veces, hay amores –y el amor a la Naturaleza no es una excepción– que matan.

El Monte Perdido
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