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De Kyoto a Durban

La retirada de EEUU ha distraído de momento la atención del otro gran debate de Durban, en torno a las compensaciones por la esclavitud que, de forma característica en este tipo de reivindicaciones, se exigen de los países desarrollados pero no de los africanos donde funcionaba una lucrativa venta de esclavos y que todavía hoy mantienen circunstancias semejantes a la esclavitud.

De tratar a todos de acuerdo a sus responsabilidades, varios gobiernos africanos deberían enviar cheques a negros de clase media norteamericana cuyos antepasados fueron capturados en sus países y vendidos a los traficantes europeos.

Pero en Durban se trata tan poco de hacer justicia como en Kyoto de proteger al planeta: es hora de repartir culpas a los ricos para que envíen dinero a los pobres y no es de sorprender que Fidel Castro, ese paladín de la democracia y cuya población prefiere tirarse al mar antes que gozar del bienestar que le ofrece, haya exigido que los países industrializados paguen.

Lo mismo ocurrió con Kyoto. El tratado prevé que los países industrializados reduzcan sus emisiones o "compren" el derecho de contaminar. La compra rechazada por EEUU serviría para transferir riqueza a países con grandes selvas y poco oro, pero en modo alguno salvará al planeta que, en opinión de los ecologistas, se derretirá cuando las temperaturas aumenten en medio grado centígrado.

Por lo demás, la retirada de Washington de Durban estaba prácticamente cantada desde que decidió enviar una delegación de bajo nivel ante la probabilidad de una condena por racismo contra su aliado israelí. La ausencia del secretario de Estado Colin Powell eliminó la remota posibilidad de que los participantes renunciaran a condenar a Israel, pues dejó a Israel relativamente aislado frente a los palestinos. Es lo mismo que ocurre en Nueva York, donde la Asamblea de Seguridad condena sistemáticamente a Israel y Washington lo protege en el Consejo de Seguridad donde tiene derecho a veto.

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