El discurso del presidente Bush, en la madrugada de este viernes, fue todo un éxito: no solo lo escuchó el 80% de los norteamericanos, sino que el 91% está de acuerdo con él, y ni un legislador demócrata, ni tampoco uno sólo de los medios de difusión siempre dispuestos a fustigarle, dejó de aplaudirle y prometerle apoyo.
Las palabras de Bush, interrumpidas 33 veces por los aplausos del Congreso, eran una arenga: para los militares, ante las batallas que les esperan. Para los civiles, ante las restricciones y el temor a posibles nuevos atentados. Pero los teleespectadores no parece que sigan su consejo -y su casi ruego- de que vuelvan a la normalidad: las bolsas siguen cayendo y la gente sigue sin subir a los aviones, sin asistir a los espectáculos y sin alimentar la economía del país con el combustible del consumo, que la ha mantenido a flote desde hace más de un año.
El gobierno hace todo lo posible para restablecer la normalidad, y este viernes incluso se reanudó el tráfico en el aeropuerto Reagan National, del que muchos dudaban que volviera a funcionar de nuevo, por su proximidad a edificios como el Congreso, el Pentágono o la Casa Blanca.
La vigilancia redoblada es evidente en todas partes: cuando Bush habló, aviones y helicópteros patrullaban la zona del Capitolio, Washington está protegida por la fuerza aérea desde el 11 de septiembre, guardas privados controlan el acceso a las universidades, y los aviones tiene prohibido acercarse a menos de tres millas de los estadios deportivos.
Esta vigilancia, que antes producía temor e irritaría a la población, sirve ahora para dar confianza. En cualquier caso, el retorno a la normalidad tan sólo puede ser relativo: nadie olvidará la mañana del 11 de septiembre, que acabó con el sentimiento de invulnerabilidad que tenían los habitantes de un país protegido por dos océanos.

Aplausos y recelos
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