Menú

Nuestro primo, el déspota

Un pecado original tara el inicio de la transición española. La pasmosa cobardía con la cual el Sahara fue entregado –en contra de lo establecido por la ONU– en manos del bárbaro despotismo de Hasán II. Desde entonces, el trato de favor que la tiránica familia real marroquí ha tenido por parte de España es, sin más, vergonzoso.

Azares de la guerra fría trocaron a un déspota sanguinario en mimada del tan democrático Occidente. A nadie importó que en Marruecos proliferasen cárceles políticas de una crueldad casi inimaginable. Nadie se conmovió ante los asesinatos y las torturas perpetrados contra los opositores por un régimen cuyo rey sólo rinde cuentas ante el Dios Misericordioso del linaje de cuyo profeta él desciende.

Murió el tirano. En un espectáculo vergonzoso, los grandes de la tierra ornamentaron, con su presencia, las pompas funerales de uno de los sujetos más repugnantemente homicidas de nuestro tiempo. También en aquella ocasión alcanzó España las cotas de pleitesía más perfectas.

El hijo heredó al padre. Es lo que tiene la cosa monárquica: se hereda un país como se hereda una sandalia vieja o un suculenta cuenta en Suiza. Los teócratas a los teócratas son iguales. El hijo del déspota perpetuó la feudal potestad paterna sobre bienes y personas. En un país sin garantía política ni jurídica de ningún tipo.

Pateras, tráficos ilegales múltiples (de personas como de narcóticos) perseveraron. Idénticos. Idéntica perseveró la humillada docilidad española. Idénticos, los saharuis siguieron –seguirán– pagando los vidrios rotos.

0
comentarios

Servicios

  • Radarbot
  • Curso
  • Inversión
  • Securitas
  • Buena Vida
  • Reloj