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El papel del Tío Sam

Ahora que las defensas talibanes se desmoronan en cadena, quien menos méritos se lleva son los planificadores políticos y militares nortemaericanos.

Casi nadie dice "tenían razón" aunque, por lo visto, la tenían. En toda la preparación y desarrollo de la campaña bélica contra ben Laden y sus aliados talibanes, Washington partió de la premisa de que política y militarmente el Estado talibán era un castillo de naipes que se hundiría en todos los frentes en cuanto sufriera un revés importante.

Mientras la prensa de todo el mundo - inclusive la norteamericana - denunciaba la "esterilidad" de los bombardeos aéreos americanos, las posiciones militares afganas y su estructura de comunicaciones, sin la que no funcionan ni Administración ni Ejército alguno, eran pulverizadas. En estas condiciones, solamente faltó el mínimo de apoyo logístico y económico dado a la Alianza del Norte, junto con la ayuda informativa de los comándos anglo-norteamericanos que ya operaban en Afganistán, para que la ofensiva de los antitalibanes avanzase como un puñal en un barra de mantequilla.

El colapso político talibán no es evidente aún, pero ningún gobierno puede conservar el poder con un país en guerra y los ejércitos en desbandada, pues cada banda talibán huye por donde Alá le da a entender. Es un colapso que no puede satisfacer aún a Estados Unidos por cuanto todavía falta una alternativa a los talibanes y un programa de recuperación económica para salvar al país del hambre, cuando los talibanes no sean ya más que una lejana pesadilla.

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