La conferencia de Bonn para organizar el futuro político de Afganistán evidencia la coexistencia de dos mundos en el torturado país asiático: el lógico, real y coherente de las operaciones militares y el caótico, irracional y realísimo de los egoísmos y las miopías políticas que ha dominado la política afgana en los últimos siglos.
El paralelismo ha sido indiferente mientras “el problema” ha sido la guerra contra el régimen talibán, es decir, hasta ahora. Pero con la guerra a punto de concluir, lo esencial y apremiante es darle al país un Gobierno viable y concorde con la idiosincrasia de la población. En Bonn esto no parece posible porque falló la lógica más elemental. Los auténticos detentores del poder en estos momentos se han quedado en Afganistán y a Bonn han ido los que pueden hablar, pero no decidir.
Además, mientras EEUU, Pakistán, Irán y hasta Rusia no digan qué tipo de sistema político quieren o están dispuestos a tolerar en Afganistán, lo único que puede imperar allí es el caos de siempre, porque los muchos y celosos unos de otros “señores de la guerra” estarán enfrentándose a las etnias. Unos y otros intentan sobrevivir sin una economía suficiente, aunque fuera al nivel de la Edad Media, sin un sistema jurídico nacional y, desde luego, sin un Gobierno central con su correspondiente poder político nacional.
Con otras palabras, Washington tendrá que decidirse muy pronto por un sistema político viable y una fuerza gubernamental real afgana, además de delimitar la influencia que podrán ejercer los grandes vecinos en especial Pakistán e Irán en la futura política interior y exterior de Afganistán. Si la tarea es evidente, no lo es tanto la capacidad y voluntad norteamericana de asumirla enseguida. Con lo cual corre el riesgo de darle como lema a la vida política afgana el viejo dicho de “Te contaré en un cantar la rueda de la existencia: pecar, hacer la penitencia y vuelta a empezar”.

Falla la lógica
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