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Desiertos navideños

Tal vez sea el recuerdo, que casi siempre miente, de algo nunca sucedido. Tal vez, sólo que la luz amarilla sobre las tejas del Madrid helado poseen la fiel textura del absoluto: no hay absoluto que no hiera a los hombres de melancolía. Tal vez no sea nada. Esta nada sólo de la ciudad vacía que sigue a las memorables celebraciones.

Una transparente nada se apodera de la ciudad en la mañana del 25 de diciembre. Para mí, que por ninguno de sus simbolismos religiosos o familiares estoy ligado, tiene el peso difícil de cargar de un cegador sinsentido. Perfecto en la densidad de su abandono.

No hay periódicos. La radio repite las necedades más hirientes: las propias del infantilismo trascendente; lo peor de este mundo. Y las buenas gentes, las pobres gentes, no han salido aún de casa. No han retornado al duro oficio de matarse. Todavía. Como hormiguero enloquecido por vaya usted a saber qué extraños fármacos, se lanzarán en riada hacia las calles, luego que la comida familiar remate almas y cuerpos predispuestos al colapso por la cena de la víspera. Huirán del hogar tibio, en cuya confortable madriguera se incuban todos los crímenes esenciales. Y buscarán el frío, el ruido anónimo, todo cuanto sedar pueda el caos de las fiestas excesivas.

Yo aguardaré el periódico de mañana, atrincherado en la misma amortiguada biblioteca de todos los días. Hasta aquí no llega el canto destemplado de borrachos y niños, la irrupción estridente del mundo que aúlla su soledad y su minuciosa ausencia de sentido. Sabré que no he sabido nunca ser animal de mi tiempo.

Y en la larga pereza de existir dentro de un mundo que sólo entiendo para saber extraño, aprenderé el decepcionado arte de la condescendencia. Ciudad, hormiguero enorme que la luz navideña me revela tan triste.

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