Buenos Aires, la noche de Reyes nos trajo un inesperado “regalo”; en la madrugada del sábado 5 al domingo 6 de enero, la Cámara Baja aprobaba sin demasiados problemas el “entierro” de la convertibilidad, que marcó los últimos 11 años de la economía Argentina, donde para bien o para mal un peso valía un dólar.
La convertibilidad vio la luz como la única bala mágica que, a comienzos de la década pasada, podría derrotar a una hiperinflación que llegó a picos del 5.000% con su correlato de indexaciones diversas, desabastecimiento y pérdida constante del poder adquisitivo de los salarios.
Pero los problemas argentinos tenían raíces bien profundas, una industria que crecía al amparo de la protección estatal, que proporcionaba, sí, fuentes de trabajo, pero producía bienes de inferior calidad a precios exorbitantes, gerenciada por una clase dirigente que se preocupaba por colocar sus ganancias en el exterior y evitaba cuidadosamente cualquier inversión en modernización o tecnología; con un mercado cautivo, eso no hacía falta.
Cuando se consolida la convertibilidad y se abren los mercados –tal vez sin los debidos recaudos y reciprocidades– son los mismos “industriales” sui generis los que o bien despiden al personal, cierran la fábrica y se convierten en importadores, o simplemente venden todo para dedicarse a la más rentable actividad “financiera”. Así, Argentina pasó a convertirse en uno de los pocos países del mundo donde no producir pagaba dividendos más altos que hacerlo.
Los índices de desocupación iniciaron una trepada que les llevó de un 8% allá por 1990 a casi un 19% de promedio en 2001. En tanto, Argentina había pasado a tener la inflación más baja del mundo (después de dos hiperinflaciones); esta se trocaría luego en deflación, más tarde en recesión y finalmente en la depresión que hoy se vive, mientras se continuaba aplicando, sin demasiado análisis la receta genérica prescrita por el Fondo Monetario Internacional.
Desde el 20 de Diciembre pasado, con la “huida” de Fernando de La Rúa, la crisis argentina devoró a cinco presidentes y la violencia se adueño de las cales con un saldo de 30 muertos y centenares de heridos.
La salida de la convertibilidad aprobada por el Parlamento será traumática, tanto como tratar de mantenerla; los “inventos” que en las últimas semanas aparecieron disfrazados de planes como la “tercera moneda” o diversos tipos de bonos basura, tuvieron la marca de los efímero e improvisado.
La actual administración “elige” sin demasiadas opciones, con el crédito externo desaparecido, con una caída de la recaudación fiscal que en diciembre trepó al 40%, las cadenas de pagos cortadas y un creciente aislamiento financiero internacional. El “nuevo plan económico” aparece como la tabla de salvación para el náufrago, que debe tomarla aún a riesgo de que la misma se convierta en un ancla de la que no podamos liberarnos. Tan mal estamos.
Las medidas aprobadas podrían resumirse en cinco puntos o áreas principales:
1. El nuevo presupuesto nacional se confeccionará en las próximas semanas tomando como base la noción de déficit cero, para lo que se incluirá un ajuste de 11.000 millones de dólares. De ellos, unos 3.000 se cubrirán con emisión por la devaluación y a partir de la aprobación del presupuesto se replanteará la negociación con acreedores externos e internos.
2. El tipo de cambio será fijo, todos los ingresos se canalizarán por ese tipo de cambio, cuya paridad inicial, si bien no se conoce con precisión aún, se estima estará en el orden de 1,40 pesos por dólar. Existirán restricciones para el giro de utilidades, lo que hace al Ministerio de Economía prever utilidades por 10.000 millones de dólares en ese concepto.
3. Existirá un dólar “libre” para el turismo y demás operaciones; el Gobierno gusta de creer que estará sólo un 10% por sobre el oficial, pero la realidad es que no se sabrá hasta la apertura formal de los mercados de cambio (miércoles 9 de enero).
4. La emisión de moneda guardará una relación (al menos en teoría) con el ingreso de divisas. La “pesificación” se aplicará para deudas inferiores a los 100.000 dólares e incluye préstamos hipotecarios, prendarios –automotores– y personales.
5. Respecto de los plazos fijos y depósitos en general que quedaron capturados en lo que los argentinos denominan “corralito” y que llegan a casi 60.000 millones de dólares, el Gobierno y la ley son extremadamente vagos; los depósitos se devolverán, pero cuándo y en qué moneda, eso queda por verse.
La “confiscación” de los depósitos bancarios que inventara el fatídico 1 de Diciembre el ministro Domingo Cavallo es un golpe mortal para el sistema bancario, porque oficializa la creencia popular respecto de su no fiabilidad y la complicidad de la justicia en la maniobra hace las cosas aún peores. Es casi un hecho que en los próximos meses asistiremos a un boom de la banca off shore, particularmente la radicada en Montevideo –Uruguay–, en tanto en cuanto la banca argentina dio probadas muestra de ser no confiable para sus depositantes, en particular para los más pequeños.
Lunes y martes serán días de feriado cambiario y parcialmente bancario, medidas que el Gobierno considera indispensables atento a la volatilidad de todo el sistema. Pero a la vez, estas medidas no hacen sino aumentar la incertidumbre y el descontento de los ciudadanos que padecen horas en las filas de los bancos bajo el sol del verano aguardando por su propio dinero.
Hoy, los interrogantes superan ampliamente a las respuestas; y si bien es cierto que, al menos, se percibe que hay alguien en el timón del barco, su posición y solidez son tremendamente precarios y, como siempre sucede cuando se producen cambios bruscos de rumbo, habrá perdedores y ganadores; en este caso, en el primer grupo parecerían anotarse todas las empresas que se hicieron cargo de los servicios públicos y que habrían obtenido de la administración de Carlos Menem contratos no sólo en dólares sino que además admitían aumentos tarifarios basados en los índices de inflación de los Estados Unidos, con lo que las tarifas no bajaron al compás de la deflación existente en el país, sino que continuaron trepando en dólares. Es muy difícil imaginar un escenario donde estas empresas van a “resignarse” calladamente a ver reducidas sus ganancias que no pocos calificaron de “obscenas”.
La noche de Reyes nos trajo el fin de la convertibilidad, pero también incógnitas y angustia colectiva... Felices Fiestas.
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