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Lógicas de lo peor

Nunca tuve grandes dudas. No pienso que hubiera lugar a tenerlas. Salvo a causa del peso con que nuestros deseos trastruecan la visión aun de lo más sencillo. La alianza antiterrorista, sellada por el PSOE con el PP del País Vasco, en vísperas de las elecciones autonómicas del 13 de mayo, era una operación táctica. Se asentaba sobre una posibilidad real: la de romper un cuarto de siglo de monopolio nacionalista del poder. Y sobre las consecuencias trascendentes que esa quiebra desencadenaría. En el país vasco como fuera de él. Un envite absoluto estaba en juego: la voladura del aparato de Estado que (mucho más que un partido) ha sido el PNV en esos años. La propia envergadura de ese envite arrastraba lo implacable de la jugada. Aquel que perdiese la partida pagaría el más alto precio: el de quedar totalmente excluido de la monumental máquina de repartir prebendas económicas, propagandísticas y administrativas que es la Autonomía que (con buena parte de los atributos de un Estado independiente) forjara a su medida el PNV.

Para el PNV, una derrota en aquel comicio hubiera supuesto la catástrofe. No es el PNV un partido. Por más que como tal formalmente se designe. Desde su nacimiento, el PNV se ha pensado a sí mismo como germen de Estado, como Estado ya, aun incompleto. Y todos los atributos del País Vasco actual (bandera como himno, criterio de unificación lingüística como mitologías) son los del partido del demente Arana proyectados al absoluto representativo de una sociedad vasca homogéneamente cuadriculada a su imagen.

Para el PP no existía opción. No existe. Desde que ETA iniciara la más demencial campaña de su historia, el asesinato metódico de los políticos populares desde su escalón ínfimo, el de concejales, el destino político del PP vasco estaba jugado. Sin línea de repliegue posible, al partido de Mayor Oreja no le quedaba más opción que dar la batalla o rendirse. La dieron. La siguen dando. No pueden, literalmente, plantearse otra cosa.

Pero, ¿el PSOE? Con el armario repleto de cadáveres GAL que el PNV puede manejar conforme a su más favorable economía, la situación de los socialistas vascos fue desde el principio mucho más que ambigua. Había, en vísperas de las elecciones, la hipótesis de ganar, desplazar al PNV y desmoronar todo su aparato clientelista, dando así origen a un completo reinicio de la autonomía vasca. Jugó a ello, desde luego. Nadie piense, sin embargo, que esa jugada fue unánime. El eje González-Cebrián señaló, desde el primer momento, ese proyecto de pacto constitucionalista con el PP como catastrófico. Y, desde el día siguiente a la derrota electoral, pasó a planificar la muerte política de sus gestores. Si Zapatero ha tardado seis meses en ceder a sus presiones, es porque el retorno a un gobierno de coalición socialista con el PNV en Ajuria Enea marcará el paso del impotente secretario general del PSOE al panteón tristísimo en que acabó Borrell: el de aquellos a quienes Glez. & PRI, S.A. decretó desechables.

El golpe de González a Redondo es transparente: la última hora de Zapatero sonará pronto.


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