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Arafat, mártir de Al Aqsa

Dice Arafat —dijo el lunes— estar dispuesto a “morir como un mártir más de Al Aqsa en la lucha por Jerusalén”. “Dios me dará ese martirio”, concluye. Pues que se lo dé de una vez y deje ya de dar la vara, ¡qué plasta! Tendrá que atarse un cinturón de dinamita en torno a la cintura y hacerse estallar allá donde halle un grupo lo bastante nutrido de adolescentes haciendo cola ante una discoteca. Son las reglas del perfecto mártir de Al Aqsa.

Será eso, al menos, una pizca más respetable que lo de ahora: financiar —con dinero europeo, por supuesto— el tráfico de armas mediante el cual, tanto los miembros de Hamas (en guerra, ahora formalmente declarada) y Yihad como los policías palestinos y los militantes de Al Fatah bajo su personal mando, ejecutan sus acciones suicidas. Nada de especial tengo contra un combatiente suicida. Contra quien, desde la confortable tibieza de su hogar y sus fastuosos trapicheos financieros, envía a otros a matarse y matar en el nombre de un Dios justiciero, sólo siento repugnancia.

Dice Arafat que morirá —eso dice— en lucha por Jerusalén. También él está en guerra. Es estupendo. Lástima que Jerusalén Este (esto es, el Jerusalén árabe) estuviera ya concedido a la Autoridad Palestina en el proyecto del plan de paz Barak, sin contrapartida alguna. Fue el plan que él personalmente se negó a firmar. Está claro que el honor del rais impide recibir Jerusalén como un regalo. Sólo puede la ciudad santa ser aceptada sin envilecimiento cuando esté bien adobada en sangre de niños propios y vísceras de infieles.

Dice. Dice Arafat. Pero Arafat sólo dice. Mueren los otros. Los otros pueden ser los terroristas de Hamas, los que el ejército de Israel va eliminando en una guerra lenta cuyo desgaste, si duro es para Israel, es mortífero para la economía palestina. Suponiendo que algo que pueda ser llamado economía palestina sobreviva al efecto conjunto de la corrupción arafatista y el progresivo cierre de frontera. Dice Arafat. Pero Arafat no es siquiera capaz de mantener a los presos en sus cárceles. Basta con que amigos y familiares las asalten. Como ayer. Como siempre.

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