Menú

Un monstruo silencioso y fatalista

La muerte. Una vez más. No consumada, ésta. Da lo mismo. No es la muerte, con certeza, lo peor. Todos morimos y la muerte es nada cuando llega en su hora, luego que un hombre pudo hacer de su poca vida lo que quiso. El hombre despedazado hoy en Sestao no tendrá ya eso.

Es el absurdo, ese absoluto sinsentido que hunde a una tierra entera en la perfecta ausencia de horizonte, lo terrible. Porque hay algo peor que la muerte: el abandono en la turbia renuncia a tratar siquiera de entender, de hacer que algo suceda de otro modo. No es lo peor, no, la muerte. La fatalidad, sí. La fatalidad sumisamente aceptada. Porque una vez su umbral se cruza, no hay ya esperanza que aguante; no hay siquiera resistencia desesperada que pueda soportar su lucha en el vacío. La muerte, en las cabezas que a convivir con ella fatalmente se resignan, es transmutada en maldición natural, conjuro, accidente meteorológico. Entonces, el sujeto muere: el sujeto moral, sí; pero no sólo; el sujeto a secas.

Veo naufragar, en la sumisa aceptación de lo fatal, al país vasco. La muerte ya ni usa coartada. No hay siquiera explicación retórica que dar de por qué se asesina. No hay a quién darla. Nadie pregunta ya siquiera. Nadie, en el fondo, quiere ver a los muertos. No ver se ha convertido en la rutina de existir en la náufraga tierra vasca.

Y eso es nuevo. Y terrible, con un tipo de horror que no es el del terrorismo clásico. Con un tipo de horror al cual tal vez hasta la utilización misma del término “terrorismo” acaba –a fuerza de repetida— por hacernos invisible.

Hay, hasta en las formas más monstruosas del exterminio masivo en el siglo XX (que, como todo el mundo sabe, ha sido el más exterminador período de la historia, no precisamente tierna, de la humanidad), un empeño en trocar la muerte en retórica legitimadora del asesino. Prolijos tratadistas buscaron hacer de la aniquilación global del pueblo judío lógica coherente para la salvación de la Europa aria. Matemáticas trivialidades, exhaustivamente expuestas, glorificaron la estaliniana lógica del Gulag o la matanza china. Hasta el infinito silencio camboyano fue teorizado por sus desalmados maestros, como Apocalipsis final de hasta el último recuerdo de la odiada burguesía: la escritura.

Pero, ¿esto? La novedad de lo que se ha asentado en las tierras del Norte como una maldición o un embrujo es su perfecta ausencia de discurso. Aun del justificatorio. Aun del discurso del monstruo. Nada. Un silencio aterradoramente compartido se enseñorea de la tierra vasca. Silencio de los que matan. Silencio –aún más mortal— de los que asisten a la muerte sin formular siquiera una pregunta, la más leve, la mínima: “¿por qué?”

Esta muerte horizonte irrebasable, esta muerte que es previa a la palabra y al sentido. Este matar que ya no es cosa siquiera de política o asesinato. Que es sólo del absurdo, lo fatal, lo inexorable como el rayo. Que como tal se acepta. Esta fatalidad. Lo más terrible. Aquello para lo cual no tenemos ni nombre.


© www.libertaddigital.com 2002
Todos los derechos reservados

Titulares de Libertad Digital
Suscríbase ahora para recibir nuestros titulares cómodamente cada mañana en su correo electrónico. Le contamos lo que necesita saber para estar al día.

  
!-->

En Portada

    Servicios

    • Radarbot
    • Curso
    • Inversión
    • Securitas
    • Buena Vida
    • Reloj Durcal